Episodio 4

Fantasmas del Sprint

"Los fantasmas de sprints pasados"

La reunión de emergencia de la junta se convoca, pero Alejo llega preparado con un contraataque que amenaza con desmoronarlo todo. Mientras vuelan las acusaciones, una serie de flashbacks revela la verdad de los últimos meses de Diego en FinPulso — el burnout, las expectativas imposibles y las traiciones tanto personales como profesionales que lo empujaron a las sombras. El equipo debe confrontar su propia complicidad en crear las condiciones que destruyeron a su mejor desarrollador.

Anteriormente: "Los Secretos del Código" — Stefan descubre evidencia de fraude financiero en los logs de producción. Diego hace contacto con una propuesta para regresar. En una conversación a medianoche, Sebastián finalmente le cuenta a Don Hernando la verdad sobre la traición de Alejo.

La Tormenta que se Avecina

Sala de juntas de FinPulso. 8:47 AM.

La sala de juntas nunca se había sentido tan pequeña. El aire parecía espeso, difícil de respirar.

Don Hernando está sentado a la cabecera de la mesa, sus manos curtidas planas sobre la superficie de caoba, los nudillos blancos de la tensión. A su izquierda, Sebastián sostiene una carpeta con evidencia impresa — la documentación de Isabella, los hallazgos técnicos de Stefan, capturas de pantalla de las conversaciones encriptadas de Alejo con Marco. Sus manos temblaban casi imperceptiblemente.

A la derecha de Don Hernando, la silla está vacía. Alejo no ha llegado.

En la pantalla montada en la pared, Mariana Ríos observa desde São Paulo. Su conexión de video es nítida, su expresión indescifrable. Se unió a la llamada exactamente a las 8:30, no hizo preguntas preliminares y ha estado esperando en silencio desde entonces.

La sala de juntas de FinPulso antes de la tormenta. Don Hernando está sentado a la cabecera de la mesa, Sebastián sostiene documentos, y Mariana observa por pantalla de video. La silla de Alejo permanece ominosamente vacía.
La silla vacía hablaba más fuerte que cualquier palabra.

Stefan está junto a la ventana, técnicamente no invitado pero tampoco despedido. Está aquí como testigo — y posiblemente como protección.

“Llega tarde”, dice Sebastián, rompiendo el silencio.

“Está calculando.” La voz de Don Hernando es plana. “Decidiendo qué historia contar.”

La puerta se abre.

Alejo entra vistiendo su traje más caro — italiano, azul marino, perfectamente cortado. Su sonrisa es brillante y cálida, completamente desconectada de la tensión en la sala.

“Mis disculpas por el retraso. El tráfico desde Rosales era imposible.” Toma asiento, ajustando sus puños. “¿Comenzamos?”


El Contraataque

Sebastián presenta la evidencia metódicamente, tal como Stefan le enseñó la noche anterior. Las métricas falsificadas. El código alterado. El term sheet con MiPago. Los mensajes interceptados entre Alejo y Marco.

Alejo escucha sin interrumpir. Su expresión cambia de atención cortés a preocupación estudiada a algo que podría ser tristeza. El estómago de Stefan se retorció — conocía esa actuación demasiado bien.

Cuando Sebastián termina, el silencio se extiende.

“¿Puedo responder?” La voz de Alejo es gentil, casi herida.

“Para eso estás aquí.” Los ojos de Don Hernando son duros.

Alejo se pone de pie, enderezando su chaqueta como si se preparara para un pitch. “Primero, permítanme decir que entiendo por qué Sebastián cree lo que cree. Ha estado bajo tremenda presión. Todos lo hemos estado. Y cuando las personas están estresadas, buscan villanos.”

Camina hacia la ventana, obligando a Stefan a hacerse a un lado.

“¿El ajuste de métricas que mencionó? Fue mi intento de corregir un error de conteo que subreportaba nuestro desempeño. Informé a la junta en su momento que estábamos revisando nuestra metodología. Quizás la comunicación no fue lo suficientemente clara.”

“Multiplicaste los conteos de transacciones por 1.5”, dice Sebastián. “Eso no es una revisión de metodología.”

“Es un promedio ponderado que considera el valor de la transacción, no solo el volumen. Práctica estándar en reportes fintech.” La sonrisa de Alejo no vacila. “Tengo los benchmarks de la industria si quieren revisarlos.”

En la pantalla, Mariana se inclina hacia adelante. “¿Y el term sheet con MiPago?”

“Exploratorio. Preliminar. El tipo de conversación estratégica que cualquier CFO responsable debería estar teniendo.” Alejo extiende las manos. “Nunca oculté que estaba explorando oportunidades de alianza. La junta me autorizó a evaluar opciones estratégicas.”

“Te autorizaste a ti mismo”, dice Don Hernando en voz baja.

“Les informé que estaba teniendo conversaciones. Usted dijo, y cito: ‘Encárgate de eso.’” Alejo se vuelve hacia el viejo. “Me estaba encargando. Por usted. Por la empresa. Por todos nosotros.”

Alejo está de pie junto a la ventana, silueteado contra la mañana bogotana, haciendo su defensa. Su postura es confiada, sus gestos expansivos, mientras reenmarca cada acusación como un malentendido.
"Cuando las personas están estresadas, buscan villanos."

Stefan observa la actuación con sombrío reconocimiento. Ha visto esto antes — el reenmarcamiento confiado, las verdades parciales estratégicas, la forma en que un manipulador experimentado puede hacer que el acusador parezca el agresor.

“¿Y los mensajes con Marco Benedetti?” pregunta Mariana. “¿Discutiendo cronogramas para el acuerdo con MiPago?”

La sonrisa de Alejo se tensa casi imperceptiblemente. “¿Dónde obtuvieron esos mensajes?”

“Eso no es relevante—”

“Es extremadamente relevante. Si alguien está interceptando comunicaciones privadas entre miembros de la junta y consultores externos, eso es una violación seria.” Mira a Stefan. “¿Quizás nuestro invitado alemán puede explicar sus métodos de vigilancia?”

Stefan no dice nada.

“Ya veo.” Alejo asiente lentamente, como confirmando una sospecha. “¿Entonces todo este procedimiento está basado en evidencia obtenida ilegalmente presentada por un consultor externo sin participación accionaria, sin puesto en la junta, sin autoridad formal?” Se vuelve hacia Mariana. “¿Así es como conducimos la gobernanza ahora?”


La Carta no Enviada

Flashback: Cuatro meses antes. Apartamento de Diego, 2:37 AM.

Diego mira fijamente el borrador de email en su pantalla. El asunto dice: Ya no puedo más.

Su escritorio es una zona de desastre — latas de bebida energética, empanadas frías envueltas en papel, una pelota antiestrés que ha exprimido hasta deformarla. Tres monitores muestran los logs de producción que ha estado observando durante dieciocho horas seguidas.

¡Mierda! ¡Maldita sea! El incidente comenzó a las 8 PM la noche anterior. Un error de procesamiento de pagos que afectó 12,000 transacciones. El tipo de bug que no debería haber ocurrido si alguien le hubiera escuchado sobre la deuda técnica hace tres meses.

Pero no escucharon. Nunca escuchan. ¡Al diablo con todos ellos!

Sebastián (11 PM): ¿Alguna actualización? La junta se reúne mañana y necesito reportar el estado.

Sebastián (11:47 PM): ¿Diego?

Sebastián (12:22 AM): Sé que estás en línea. Los logs de errores muestran que sigues trabajando.

Sebastián (1:15 AM): Por favor responde. Don Hernando está preguntando.

Diego ignoró cada mensaje. Estaba demasiado profundo en el código, demasiado enfocado en el arreglo que salvaría la reputación de todos mientras destruía su sistema nervioso.

Diego está sentado en su escritorio a las 2 AM, rodeado de los escombros de una sesión de debugging que duró toda la noche. Su rostro está iluminado por múltiples monitores mostrando logs de errores. Un email de renuncia sin enviar brilla en la pantalla.
La carta no enviada era lo más verdadero que había escrito en meses.

Ahora, a las 2:37 AM, la crisis inmediata está resuelta. El arreglo está desplegado. Las transacciones se están reprocesando. Para la mañana, parecerá que nada pasó.

Y Diego está escribiendo su carta de renuncia.

Escribo esto a las 2 AM, que aparentemente es cuando pienso con más honestidad. Y con más rabia.

Esta es la cuarta emergencia de producción este mes. Cada una era prevenible. ¡Maldita sea, cada una era prevenible! Documenté los riesgos en mi Evaluación de Riesgo Técnico (adjunta de nuevo, por si la perdieron — otra vez). Rogué por dos semanas para agregar cobertura de pruebas. Me dijeron que no había tiempo.

Nunca hay tiempo para la calidad. Siempre hay tiempo para emergencias. ¡Qué carajo de lógica es esa!

He estado de guardia durante 47 días consecutivos. Mis horas semanales promedio desde septiembre son 73. He faltado al cumpleaños de mi madre, a la boda de mi primo, y a tres citas con una terapeuta que empecé a ver porque ya no puedo dormir.

Pero lo peor no son las horas. Es fingir.

En cada revisión de sprint, hacemos demo de funcionalidades que realmente no funcionan. En cada reunión con inversionistas, mostramos diapositivas con números que sabemos que están inflados. En cada reunión de junta, veo a Alejo presentar una versión de la realidad que no tiene conexión con lo que está realmente en producción.

Y todos lo saben. Sebastián lo sabe. Isabella lo sabe. Hasta Don Hernando, en sus entrañas, sabe que algo está mal. Pero nadie dice nada porque decir algo significa admitir que estamos en problemas.

Ya no puedo seguir fingiendo.

He adjuntado evidencia de discrepancias específicas. Sé que esto podría ser suicidio profesional, pero prefiero estar desempleado que ser cómplice.

— Diego

Lo lee tres veces. Su dedo se cierne sobre el botón de enviar.

Entonces su teléfono vibra. Un mensaje de Luciana.

Luciana: ¿Sigues en la oficina? Estoy en el evento de Marco. Es increíble. Deberías venir. Luciana: Espera, ¿todavía estás trabajando? ¿A esta hora? Diego: Problema de producción. Ya arreglado. Luciana: Trabajas demasiado, mi amor. Marco dice que tu empresa no te aprecia. Dice que en Europa los desarrolladores son tratados como artistas. Diego: Marco dice muchas cosas. Luciana: En realidad es muy inteligente. Deberías hablar con él algún día. Tiene ideas sobre cómo arreglar sus problemas de agile. Diego: Tengo que irme. Te llamo mañana. Luciana: ❤️

Diego mira la carta de renuncia. La evidencia que ha compilado. Los mensajes de Sebastián pidiendo actualizaciones de estado a medianoche.

Selecciona todo. Borra.

Luego abre un nuevo documento y comienza una nueva Evaluación de Riesgo Técnico — la tercera este trimestre. La versión profesional. La que dice todo en un lenguaje que nadie entenderá, adjunta a emails que nadie leerá.

Guarda el borrador de la carta de renuncia en una carpeta oculta. Seguro, se dice. Para después.


La Pesadilla del Debugging

Diego y Pipe a la 1:47 AM, rostros iluminados por el brillo del monitor, depurando una falla crítica de procesamiento de pagos. Los logs de errores se desplazan sin fin a través de múltiples pantallas. El peso de otro arreglo de emergencia pesa en el aire.
"Esto no es sostenible. Cada 'arreglo menor' rompe algo más."

Flashback: Tres meses antes. Una sesión de debugging nocturna.

Diego mira fijamente los logs de errores que se desplazan por su pantalla. Son las 1:47 AM, y el módulo de procesamiento de pagos ha estado lanzando timeouts intermitentes durante tres horas. El equipo desplegó un “arreglo menor” ayer por la tarde — Sebastián lo llamó “no disruptivo” — pero ahora las transacciones están fallando en intervalos aleatorios.

Pipe está a su lado, su rostro iluminado por el brillo de su propio monitor. A los 44 años, Pipe ha visto esto antes. Demasiadas veces.

“El pool de conexiones está agotado”, murmura Pipe. “Mira esto — las queries no están liberando las conexiones correctamente. Parcheamos el módulo de auth la semana pasada, pero no probamos la integración.”

Diego rastrea la ruta del código, sus dedos volando sobre el teclado. “El parche agregó un nuevo paso de validación. Debería estar cerrando la conexión, pero…” Ejecuta una query de prueba. “Está colgada. La base de datos piensa que la conexión todavía está activa.”

Pipe se recuesta, frotándose los ojos. “Necesitamos revertir el parche. Pero Sebastián quiere la funcionalidad de auth en vivo para la demo de mañana.”

“¿Demo o producción? No podemos tener ambas.” La voz de Diego es cortante, el agotamiento haciéndolo directo. “Esto no es sostenible. Cada ‘arreglo menor’ rompe algo más. Necesitamos pruebas apropiadas, no despliegues de cinta adhesiva.”

Pipe no dice nada. Sabe que Diego tiene razón. Pero también conoce el ciclo — presión desde arriba, compromisos desde abajo, desastres en medio de la noche.

Diego despliega el arreglo a las 2:15 AM. Los timeouts se detienen. La demo funcionará. Por ahora.

Pero mientras observa los indicadores de estado verdes, sabe que esto es solo otro fantasma en la máquina. Otro sprint que acecha la base de código.


El Patriarca que Pivotea

Presente. La sala de juntas.

El argumento ha cambiado. Alejo, sintiendo ventaja, ahora cuestiona toda la base de la investigación.

“Déjenme entender”, dice, su voz goteando razonabilidad. “Stefan Richter — un contratista sin participación accionaria, sin puesto en la junta, sin autoridad formal — ha estado vigilando a ejecutivos de la empresa. Ha estado accediendo a sistemas de producción usando credenciales obtenidas de… ¿dónde exactamente?”

El rostro de Stefan permanece impasible.

“Y basándose en esta vigilancia no autorizada, él y Sebastián han compilado un dossier de acusaciones contra mí — el CFO que ha mantenido solvente a esta empresa a través de tres experiencias cercanas a la muerte.” Alejo sacude la cabeza. “Si alguien debería ser investigado, no soy yo.”

“La evidencia habla por sí misma”, dice Sebastián, pero su voz ha perdido confianza.

“Evidencia obtenida ilegalmente. Evidencia interpretada por alguien con un interés financiero en encontrar problemas.” Alejo se vuelve hacia Don Hernando. “Usted me trajo porque quería gestión profesional. Gobernanza real. Y ahora, porque hice mi trabajo demasiado bien — porque encontré eficiencias y construí relaciones y nos posicioné para el crecimiento — me están tratando como un criminal.”

Don Hernando ha estado en silencio por cinco minutos. Su rostro no revela nada.

“Cuéntame sobre Jorge”, dice finalmente.

La pregunta toma a todos por sorpresa. El estómago de Alejo se hundió. La sonrisa de Alejo parpadea, y por primera vez, algo parecido al miedo cruzó sus ojos.

“¿Disculpe?”

“Mi hijo. Jorge. Me recordabas a él — por eso confié en ti.” La voz de Don Hernando es suave, casi gentil. “Pero Jorge nunca me habría ocultado cosas. Jorge nunca se habría posicionado para ganancia personal a expensas de la familia. Jorge nunca me habría mirado a los ojos y mentido.”

Don Hernando está sentado a la cabecera de la mesa, su rostro curtido mostrando el peso de la traición. Por primera vez, sus ojos revelan no ira sino dolor — por Jorge, por FinPulso, por la confianza mal depositada.
"Jorge nunca me habría mirado a los ojos y mentido."

“Con todo respeto, Don Hernando, no soy su hijo. Y esta comparación—”

“Tienes razón. No eres mi hijo.” El viejo se pone de pie, lentamente, sus manos sobre la mesa. “Mi hijo era honesto. A veces dolorosamente honesto. Me decía cosas que no quería escuchar. Contradecía cuando yo estaba equivocado. Murió antes de que pudiera decirle que estaba orgulloso de él.”

La sala está muy silenciosa.

“Tú me dijiste lo que quería escuchar. Hiciste que los problemas desaparecieran antes de que yo supiera que existían. Me rodeaste de comodidad y lo llamaste competencia.” La voz de Don Hernando baja. “Eso no es lealtad, Alejo. Eso es manipulación.”

“Lo estaba protegiendo—”

“Te estabas protegiendo a ti mismo.” Don Hernando toma una de las capturas de pantalla impresas — el mensaje de Alejo a Marco sobre el cronograma de MiPago. “Esto está fechado antes de que tuvieras cualquier autorización para negociar. Antes de que discutiéramos opciones estratégicas. Antes de que me ‘informaras’ de nada.”

La compostura de Alejo se quiebra, solo ligeramente. “Ese documento es—”

“Real. Auténtico. Incriminatorio.” La voz de Mariana corta desde São Paulo. “He hecho que mi equipo verifique los metadatos. Es genuino.”


La Noche que Diego Vio

Flashback: Tres meses antes. Restaurante Andrés Carne de Res.

Diego no quería ir. Las cenas de trabajo lo agotaban — la camaradería forzada, el trago al que no podía seguir el ritmo, la charla interminable sobre cosas que no le importaban.

Pero era el cumpleaños de Sebastián, y Luciana insistió.

“Ya nunca sales”, había dicho esa mañana. “La gente está empezando a hablar.”

“Que hablen.”

“Diego.” Le tocó la cara. “Me encanta que seas dedicado. Pero también necesitas vivir. Solo una noche. Por mí.”

Así que fue. Se vistió con sus jeans menos desteñidos y una camisa sin logos de bandas. Sonrió cuando la gente hizo chistes que no encontraba graciosos. Tomó la misma cerveza durante dos horas mientras veía a Luciana bailar cumbia con Isabella y Laura.

Era hermosa. Siempre era hermosa. Y últimamente, había parecido distante — distraída por algo que no quería nombrar.

El interior caótico y colorido de Andrés Carne de Res. Diego está sentado solo en una mesa, observando la celebración desde los márgenes. A lo lejos, Luciana baila con los demás, su atención en otra parte.
Se decía que la distancia era estrés laboral. Se decía muchas cosas.

Alrededor de las 11 PM, Diego salió a tomar aire. El restaurante se extendía por múltiples edificios, interconectados por caminos bordeados de arte popular y esculturas recicladas. Caminó hacia un patio más tranquilo, lejos del ruido.

Fue entonces cuando los vio.

Luciana y Marco, en una alcoba diseñada para la privacidad. No solo estaban hablando. Su mano estaba en el pecho de él. Sus labios estaban cerca de su oído. La intimidad era inconfundible.

El estómago de Diego se retorció. La bilis le subió a la garganta. Sintió como si alguien le hubiera hundido un cuchillo en el pecho.

Marco lo notó primero. Su expresión cambió de sorpresa a algo como diversión — el muy hijo de puta. Le susurró algo a Luciana, y ella se volteó.

Sus miradas se cruzaron a través de veinte metros de concreto decorado.

Diego observó cómo el rostro de Luciana pasaba por emociones — shock, culpa, algo que podría haber sido alivio. Ella no se movió hacia él. No intentó explicar.

Marco sonrió y levantó su copa en un brindis burlón.

Diego volvió adentro. Encontró a Sebastián, que estaba demasiado borracho para notar algo mal. Dijo que no se sentía bien. Tomó un taxi a casa.

No lloró. Estaba demasiado agotado para las lágrimas. En cambio, se sentó en la oscuridad, pensando en todas las noches tardías que había pasado arreglando problemas mientras Luciana estaba… ¿dónde?

A las 3 AM, abrió la carpeta oculta con su carta de renuncia no enviada. La leyó de nuevo.

Esta vez, no la borró. Agregó un nuevo párrafo:

P.D. — La cultura empresarial que permite el fraude de código también permite la traición personal. Cuando tratas a las personas como recursos a optimizar en lugar de humanos a valorar, no deberías sorprenderte cuando se tratan igual entre ellas.

Ya no quiero ser un recurso.

Todavía no la envió. Pero comenzó a construir su salida — documentando todo, creando respaldos, instalando el monitoreo que le permitiría observar desde afuera.

Dos semanas después, dejó de venir a la oficina.


El Veredicto

Presente.

La reunión de junta ha durado tres horas. Se ha pedido café y se ha ignorado. Alejo ha intentado cada defensa — objeciones procedimentales, ataques de carácter, amenazas de acción legal.

Nada funcionó.

Mariana habla primero. “Basándome en la evidencia presentada, solicito una votación inmediata para remover a Alejandro Vega como CFO y de la junta directiva.”

“No tienes autoridad para—”

“Represento el 40% del capital de esta empresa, señor Vega. Tengo exactamente la autoridad que me da nuestro acuerdo de accionistas.” Su voz es fría. “¿Don Hernando?”

El viejo asiente. “Voto a favor.”

“¿Sebastián?”

“A favor.”

“Eso es mayoría.” La imagen de Mariana en la pantalla no cambia, pero hay satisfacción en su voz. “Señor Vega, su acceso a los sistemas de la empresa será revocado dentro de una hora. Tiene 48 horas para recoger pertenencias personales de su oficina. Discutiremos los términos de liquidación a través de abogados.”

Alejo está muy quieto. Cuando habla, su voz ha perdido su encanto.

“Están cometiendo un error. Esta empresa me necesita más de lo que saben. Las relaciones que he construido, los inversionistas que he cultivado—”

“Serán informados de las circunstancias de su partida.” Mariana lo interrumpe. “Le sugiero que se concentre en su exposición legal en lugar de hacer amenazas.”

Alejo está solo cuando se anuncia la votación. Su compostura perfecta se ha quebrado, revelando la mente calculadora debajo. Ya está planeando su próximo movimiento, incluso en la derrota.
Incluso en la derrota, los ojos de Alejo estaban planeando.

Alejo mira a cada uno de ellos — Don Hernando, Sebastián, Stefan, la pantalla donde Mariana observa.

“Esto no ha terminado”, dice en voz baja, la mandíbula apretada con rabia contenida. “Ni de lejos, malditos ingenuos.” Luego sale, sus zapatos italianos resonando en el piso.

La puerta se cierra detrás de él con un golpe que resonó en el silencio.

Don Hernando exhala lentamente. “Ahora reconstruimos.”


El Regreso

La mañana siguiente. Oficina de FinPulso.

La atmósfera es extraña — partes iguales de alivio e incertidumbre. Se ha corrido la voz de que Alejo se fue, pero nadie conoce la historia completa. Los rumores se multiplican.

Stefan está en su escritorio de esquina habitual cuando el ascensor se abre.

Diego entra.

Se ve diferente que en las fotos — más delgado, su barba recortada, ojeras todavía visibles pero de alguna manera menos pronunciadas. Lleva una bolsa de laptop sobre un hombro y se detiene en la entrada, absorbiendo la oficina que no ha visto en tres meses.

Camila lo nota primero. Su rostro se ilumina con algo entre sorpresa y alegría. Se levanta a medias de su escritorio, luego se contiene, insegura del protocolo.

Pipe levanta la vista, su expresión pasando de shock a sospecha a esperanza cautelosa.

Diego está de pie en la entrada de la oficina de FinPulso, bolsa de laptop sobre el hombro, absorbiendo el espacio que dejó hace tres meses. Camila se ha levantado a medias de su escritorio. Pipe observa con cautela. El momento se sostiene.
El desarrollador pródigo regresa.

Sebastián emerge de su oficina. “Diego.” Su voz se quiebra ligeramente. “Viniste.”

“Pediste que viniera.” Diego camina hacia el área de desarrollo. “Y Camila me ha estado enviando su código para revisión. ¿Sabías que está construyendo una reconstrucción completa del módulo de procesamiento de pagos?”

“Yo… no, no sabía eso.”

“Es mejor que lo que tenemos en producción. Mejor arquitectura. Mejores pruebas. Mejor en todo.” Diego deja su bolsa en un escritorio vacío. “No he vuelto como empleado. Todavía no. Pero Stefan y yo hablamos, y creo que puedo ayudar.”

Stefan asiente una vez, un pequeño reconocimiento.

“¿Qué necesitas?” pregunta Sebastián.

“Café. Un pizarrón. Y una respuesta honesta a una pregunta.”

“Lo que sea.”

El rostro de Diego es indescifrable. “¿Por qué no leíste mis informes? La razón real. No las excusas que te has estado diciendo.”

La pregunta queda suspendida en el aire. Sebastián está en silencio por un largo momento.

“Porque tenía miedo”, dice finalmente. “Porque si los leía — realmente los leía — tendría que admitir que todo estaba roto. Y no sabía cómo arreglarlo.” Encuentra la mirada de Diego. “Todavía no sé. Pero estoy listo para intentarlo.”

Diego asiente lentamente. “Eso es lo primero honesto que me has dicho en un año.”


Los Fantasmas que Cargamos

Esa noche. La terraza del techo.

Stefan encuentra a Diego parado junto a la baranda, observando cómo el atardecer de Bogotá pinta las montañas en tonos de naranja y rosa. La ciudad se extiende abajo, indiferente a los pequeños dramas de una startup fintech.

“Volviste más rápido de lo que esperaba”, dice Stefan.

“El proyecto de Camila. Revisé el código anoche.” Diego no se voltea. “Es bueno. Muy bueno. Mejor que cualquier cosa que construí cuando estaba aquí.”

“Aprendió de tu trabajo.”

“Aprendió de mis errores.” Diego finalmente se voltea. “Los patrones que usa — son lo opuesto de lo que yo hacía. Funciones más pequeñas. Más pruebas. Menos cleverness, más claridad.” Casi sonríe. “Descubrió lo que yo nunca pude: que simple es más difícil que complejo, pero vale la pena.”

Diego y Stefan están junto a la baranda del techo mientras el sol se pone sobre Bogotá. Las luces de la ciudad comienzan a parpadear. Dos desarrolladores, generaciones aparte, encontrando terreno común.
"Simple es más difícil que complejo, pero vale la pena."

Stefan se apoya en la baranda. “Lo que pasó no fue tu culpa. Las condiciones en las que trabajabas — habrían quebrado a cualquiera.”

“Quizás.” Diego guarda silencio un momento. “Pero dejé que me quebraran en lugar de quebrar las condiciones. Me quejé en emails que nadie leyó en lugar de negarme a desplegar código que no estaba listo. Me quemé en lugar de poner límites.”

“Eras joven. Y estabas solo.”

“Tenía veintiséis. Suficiente edad para saber mejor.” Diego sacude la cabeza. “La carta de renuncia no enviada — la he leído cien veces. Cada palabra es verdad. Pero nunca la envié porque tenía miedo de lo que pasaría.”

“¿Y ahora?”

“Ahora ya no tengo miedo. O quizás tengo miedo de cosas diferentes.” Diego mira a Stefan. “Tengo miedo de ver a Camila cometer los mismos errores. Tengo miedo de que esta empresa fracase porque nadie dice la verdad. Tengo miedo de pasar el resto de mi vida construyendo sistemas hermosos que son destruidos por la política y el ego.”

“Esos son miedos razonables.”

“No van a desaparecer.” Diego se endereza. “Pero puedo trabajar con ellos. Y quizás esta vez, puedo ayudar a construir algo que perdure.”

Stefan asiente. “¿Y eso está en producción?”

Diego ríe — un sonido genuino, inesperado. “Todavía no. Pero lo estará.”


El Peso del Mañana

Oficina de FinPulso. Noche.

La oficina está mayormente vacía. Laura es la última en irse, como siempre — echa un vistazo a la luz que todavía está encendida en la oficina de Don Hernando pero no lo molesta. Algunas vigilias son privadas.

En el área de desarrollo, Camila trabaja en su escritorio, audífonos puestos, perdida en código. Su repositorio privado está abierto en su segundo monitor, pero por primera vez, no siente la necesidad de ocultarlo. Diego lo revisó. Stefan lo aprobó. Mañana comenzarán a planificar la migración.

Sebastián está en su oficina, puerta abierta, mirando fijamente la pared donde un pizarrón sostiene los inicios de un plan de recuperación. Su teléfono vibra — un mensaje de Isabella.

Isabella: Escuché que Diego volvió. ¿Estás bien?

Sebastián: Creo que sí. Pregúntame de nuevo en una semana.

Isabella: Estoy orgullosa de ti. Por finalmente hablar.

Sebastián: Fue demasiado tarde. Diego me advirtió hace meses.

Isabella: Nunca es demasiado tarde para empezar a hacer lo correcto. De eso se trata.

Sonríe al teléfono, solo ligeramente.

La oficina de FinPulso de noche, casi vacía. Camila trabaja en su escritorio, pantallas brillando. Sebastián está sentado en la entrada de su oficina. El pizarrón detrás de él muestra los primeros esbozos de un nuevo plan.
Mañana traería nuevos problemas. Pero esta noche, por primera vez en meses, el futuro se sentía posible.

En Suba, Diego está sentado en su apartamento, rodeado de sus servidores y monitores, redactando un email a Pipe. Una rama de olivo envuelta en preguntas técnicas — preguntando sobre los sistemas legacy, reconociendo que Pipe sabe cosas que ninguna documentación capturó.

Y en un bar de hotel en Zona Rosa, Alejo está sentado solo con un whiskey que apenas ha tocado. Su teléfono muestra un mensaje a medio componer para Marco, pero no lo ha enviado. Está pensando. Planeando. La primera batalla está perdida, pero la guerra no ha terminado.

Mañana comienza el trabajo real.

Para todos.

Próximo Episodio: "El Demo Day" Una demo importante para inversionistas está a solo 48 horas, y la plataforma debe funcionar. La atmósfera de búnker se intensifica mientras el equipo corre contra el tiempo. Pero cuando Sebastián propone honestidad radical — mostrar lo que realmente funciona y admitir lo que no — Don Hernando se niega. Entonces la demo colapsa. En vivo. Frente a todos.
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