Con Alejo removido y Diego de vuelta, FinPulso parece encaminado a la recuperación. Pero Mariana anuncia que trae socios de su fondo de São Paulo para una demo — en 48 horas. Don Hernando se niega a mostrar menos que la visión completa. El equipo entra en modo búnker, corriendo para cubrir las brechas. Cuando Stefan argumenta por honestidad radical, es rechazado. El countdown se acelera hacia el desastre.
Oficina de FinPulso. Martes, 9:15 AM.
La atmósfera post-Alejo es extraña — más ligera en algunos aspectos, más pesada en otros. Los desarrolladores trabajan con un optimismo cauteloso, como sobrevivientes emergiendo de una tormenta que aún no están seguros de si el cielo se ha despejado.
Diego ha reclamado un escritorio cerca de Camila. Han estado revisando su proyecto de reconstrucción desde el amanecer, las pizarras llenándose de diagramas de arquitectura y planes de migración. Pipe observa desde su esquina, todavía sospechoso pero ya no hostil. El email que Diego le envió — reconociendo el profundo conocimiento de Pipe sobre los sistemas legacy — había abierto una puerta.
Stefan observa desde su posición habitual, cuaderno en mano. La dinámica del equipo está cambiando. No sanada, pero sanando.
Entonces el rostro de Mariana aparece en la pantalla de la sala de conferencias, y todo cambia.
“Tengo noticias”, dice sin preámbulos. “Buenas noticias, creo. Pero vienen con condiciones.”
Don Hernando se inclina hacia adelante. “Estamos escuchando.”
“Después de la reunión de junta, informé a mis socios sobre la situación. El fraude, la limpieza, los cambios de liderazgo.” Mariana hace una pausa. “Estaban preocupados. Comprensiblemente. Pero también estaban impresionados por lo rápido que actuaron una vez que la evidencia fue clara.”
“Hicimos lo que era necesario”, dice Don Hernando.
“Así es. Y eso les dio credibilidad.” Los ojos de Mariana son agudos. “Mis socios quieren ver FinPulso por sí mismos. Vuelan el jueves. Quieren una demostración de la plataforma — no slides, no promesas. Software funcionando.”
El silencio es absoluto.
“Jueves”, repite Sebastián. “¿O sea… pasado mañana?”
“O sea en 48 horas, sí.”
El rostro de Don Hernando es indescifrable. “¿Y si la demostración sale bien?”
“Están preparados para discutir una ronda puente. Financiamiento adicional para extender su runway mientras ejecutan el plan de recuperación.” La voz de Mariana se suaviza ligeramente. “Esto es un salvavidas, Don Hernando. Pero también es una prueba. Quieren ver si el equipo realmente puede entregar.”
Stefan observa cómo la sala absorbe esto. Sebastián parece aterrorizado. Don Hernando parece calculador. Y en algún lugar del área de desarrollo, Diego y Camila siguen dibujando en pizarras, sin saber que todo acaba de acelerarse.
“Estaremos listos”, dice Don Hernando.
“Eso espero.” Mariana asiente una vez. “Enviaré los detalles. Jueves, 2 PM hora de Bogotá. No me decepcionen.”
La pantalla se oscurece.
Martes, 11 AM.
La sala de conferencias se ha transformado. Pizarras cubren cada pared. Post-its se agrupan en constelaciones ansiosas. Cajas de pizza de la cena de anoche comparten espacio con arepas sin tocar del desayuno de esta mañana.
Todos están aquí: Don Hernando en su silla habitual, irradiando intensidad controlada. Sebastián en la pizarra, marcador en mano, intentando mapear lo que existe versus lo que se prometió. Isabella con su laptop, revisando flujos de usuario y listas de funcionalidades. Diego y Camila en una mesa lateral, debatiendo factibilidad técnica en español rápido.
Stefan está apartado, observando. Pipe está sentado en la esquina, brazos cruzados, esperando ver cómo sale esto.
“El módulo de procesamiento de pagos”, dice Sebastián, señalando una caja en la pizarra. “Esto es lo que los socios de Mariana van a querer ver. Es nuestra propuesta de valor central.”
“Y no funciona”, dice Diego sin rodeos.
“Funciona parcialmente”, corrige Isabella. “El camino feliz funciona. Si ingresas exactamente los datos correctos en exactamente el orden correcto, puedes procesar un pago.”
“¿Y si no?”
“Pantallas de error. Timeouts. Ocasionalmente un congelamiento completo que requiere reiniciar el servidor.” La voz de Isabella está cansada. “Hemos estado demostrando el camino feliz a inversionistas por meses. Es un camino muy angosto.”
“¿Qué hay de la reconstrucción de Camila?” pregunta Sebastián.
Camila levanta la vista de su laptop. “El nuevo módulo de pagos está limpio. Buena cobertura de pruebas. Pero no está conectado a la base de datos de producción todavía. Tendríamos que construir la capa de integración, probarla, desplegarla—”
“¿Cuánto tiempo?”
“¿Para hacerlo bien? Dos semanas mínimo.”
“¿Para hacerlo mal?”
Camila intercambia una mirada con Diego. “Podríamos hackear algo. Conectar el nuevo código a la vieja base de datos con cinta adhesiva y oraciones. Podría funcionar para una demo. También podría corromper transacciones y destruir datos.”
“Inaceptable”, dice Don Hernando. “No podemos arriesgar corromper datos reales de usuarios para una demostración.”
“Entonces demostramos lo que tenemos”, dice Diego. “El camino feliz. Y rezamos para que nadie haga clic en el botón equivocado.”
Martes, 2 PM.
Stefan ha estado en silencio toda la mañana. Ahora, durante un receso mientras los desarrolladores discuten sobre conexiones de base de datos, se acerca a Don Hernando.
“¿Puedo hablar con franqueza?”
Los ojos del viejo se estrechan. “Ha estado hablando con franqueza desde que llegó. ¿Por qué pedir permiso ahora?”
“Porque lo que estoy a punto de sugerir sonará como rendición.” Stefan se sienta frente a él, poniendo su cuaderno sobre la mesa. “Está planeando demostrar funcionalidades que no funcionan. Mostrar un producto que existe solo en pitch decks. Continuar el patrón que Alejo explotó.”
“Eso no es—”
“Es exactamente lo mismo.” La voz de Stefan es baja pero firme. “Diferente motivo, mismo comportamiento. Presentar una realidad que no existe, esperando que nadie mire muy de cerca.”
La mandíbula de Don Hernando se tensa. “¿Qué quiere que haga? ¿Decirle a los socios de Mariana que no tenemos nada que mostrarles?”
“Muéstreles lo que tienen. Los componentes que realmente funcionan. La reconstrucción que Camila ha estado creando. Los sistemas de monitoreo que Diego instaló. Las métricas reales — no infladas, no ajustadas. Muéstreles un equipo que conoce sus debilidades y tiene un plan para abordarlas.”
“Pensarán que somos amateurs.”
“Pensarán que son honestos.” Stefan se inclina hacia adelante. “Estos son inversionistas sofisticados. Han visto cien demos. Saben cuándo les están vendiendo una fantasía. Lo que no han visto — lo que casi nadie les muestra jamás — es un equipo que admite la realidad y presenta un camino creíble hacia adelante.”
Don Hernando está en silencio por un largo momento. Sus manos descansan sobre la mesa, quietas.
“¿Y si no invierten?”
“Entonces lo descubren ahora, no en seis meses cuando el runway se haya agotado y las mentiras se hayan multiplicado.” La voz de Stefan se suaviza. “Así es como se ve la entrega sostenible. Pasos pequeños y honestos. No más sprints hacia precipicios.”
La puerta se abre. Sebastián aparece, luciendo desaliñado por el agotamiento. “Encontramos una forma de estabilizar el flujo de pagos. Requiere deshabilitar tres funcionalidades, pero el camino central de transacciones debería aguantar para una demo de 30 minutos.”
Don Hernando mira a Stefan, luego a su cofundador.
“Procedan”, dice. “Les mostramos todo. La visión completa.”
Stefan cierra su cuaderno. No dice nada. Regresa a su esquina.
Miércoles, 11 PM.
La oficina tiene la sensación de un sitio. Tazas de café vacías forman montículos en cada superficie. Alguien ha pegado un timer de cuenta regresiva en la pared: 14:32:17 y bajando. El estómago de Camila se retorció cada vez que lo miraba.
Camila no ha dormido en 36 horas. Diego tampoco. Han estado trabajando en paralelo — Camila estabilizando el frontend, Diego parchando el backend, ambos conscientes de que están construyendo un castillo de naipes que necesita mantenerse en pie exactamente 30 minutos.
“El timeout del webhook está arreglado”, anuncia Diego, frotándose los ojos. “Pero tenemos un nuevo problema. El módulo de detección de fraude está lanzando falsos positivos en cualquier transacción sobre 500,000 pesos.”
“Entonces demostramos con montos menores”, dice Isabella.
“¿Qué pasa si los inversionistas preguntan por transacciones más grandes?”
“Les decimos que es una funcionalidad, no un bug. Seguridad mejorada para transferencias de alto valor.” La sonrisa de Isabella está agotada. “He estado escribiendo puntos de conversación todo el día. Tengo una respuesta para todo excepto ‘¿por qué no funciona esto?’”
Pipe, sorprendentemente, sigue ahí. Ha estado migrando configuraciones de base de datos desde el mediodía, su experiencia de la era COBOL demostrando ser invaluable para entender los sistemas legacy que nadie más puede navegar.
“El módulo de reportes está estable”, dice con brusquedad. “Por primera vez en meses. De nada.”
Stefan camina por la oficina, observando. Ha visto esto antes — las hazañas impulsadas por adrenalina, los milagros de último minuto, la negación colectiva de que esta es alguna forma de construir software. Mañana, sin importar el resultado, habrá un ajuste de cuentas.
Pero no esta noche. Esta noche, el equipo cree que puede hacer lo imposible.
Espera que tengan razón. Teme que no.
Jueves, 8 AM.
Don Hernando llega en un traje que no ha usado desde el funeral de su hijo — oscuro, impecable, cargando el peso de ocasiones importantes. Encuentra al equipo de desarrollo exactamente donde los dejó: en sus escritorios, rodeados por los escombros de la batalla.
“Estado”, dice.
Sebastián se pone de pie, tambaleándose ligeramente por el agotamiento. “El ambiente de demo está estable. Hemos corrido el guión catorce veces. Funcionó doce de esas veces.”
“Doce de catorce.”
“Ochenta y cinco por ciento de tasa de éxito.”
“¿Y el otro quince por ciento?”
Sebastián duda. “Varias fallas. Un timeout aquí, un error de display allá. Nada catastrófico. Hemos incorporado puntos de recuperación — lugares donde podemos reiniciar si algo sale mal.”
Don Hernando asiente lentamente. “¿Y cuáles son las probabilidades de que algo salga mal durante la demo real?”
Nadie responde.
“Laura”, llama Don Hernando. Su asistente aparece instantáneamente — ha estado cerca, anticipando necesidades. “La sala de conferencias. Flores frescas. El buen café. Agua con limón verde, no amarillo — los brasileños lo prefieren así. Y asegúrese de que el aire acondicionado funcione. No podemos tener ejecutivos sudando.”
“Ya está hecho, patrón.”
“Por supuesto que sí.” Casi sonríe. “Todos los demás: vayan a casa. Dúchense. Duerman si pueden. Estén de vuelta a las doce luciendo como profesionales, no como sobrevivientes. Tenemos una oportunidad de mostrar a estos inversionistas quiénes somos realmente.”
Se detiene en la puerta.
“Y quiénes somos realmente no es una empresa que luce derrotada antes de que la batalla comience.”
Jueves, 1:45 PM.
Llegan en un convoy de SUVs negras desde el aeropuerto — Mariana y tres socios de su fondo de São Paulo. Dos hombres y una mujer, todos en casual caro, todos portando la energía confiada de personas que evalúan empresas para ganarse la vida.
Laura los recibe en el lobby con la calidez ensayada de alguien que ha manejado rancheros e inversionistas con igual habilidad. Los guía a la sala de conferencias, donde Don Hernando espera con Sebastián e Isabella.
Los desarrolladores están escondidos atrás — Diego en el terminal principal, Camila monitoreando sistemas, Pipe vigilando la base de datos como un halcón cuidando su nido. Stefan está cerca de la ventana, presente pero no involucrado.
“Bienvenidos a FinPulso”, dice Don Hernando, estrechando manos con cada inversionista. “Gracias por hacer este viaje.”
Mariana hace las presentaciones: Eduardo, socio administrador, canoso y de mirada aguda. Patricia, especialista en operaciones, ya escaneando la sala buscando señales de disfunción. Y Victor, el socio técnico, quien estará viendo la demo con ojos de desarrollador.
“¿Comenzamos?” pregunta Eduardo.
“Por supuesto.” Don Hernando hace un gesto hacia la pantalla principal. “Sebastián, nuestro CTO y cofundador, los guiará a través de la plataforma.”
Sebastián se acerca al podio. Sus manos están firmes. Su voz es clara. Ha ensayado esto cien veces.
“FinPulso fue fundado sobre una creencia simple: que los servicios financieros en Colombia son demasiado complejos, demasiado caros, y demasiado inaccesibles para la gente común. Nuestra plataforma cambia eso…”
En la sala trasera, los dedos de Diego flotan sobre el teclado. El ambiente de demo muestra verde en todos los monitores. La primera llamada API está cargando.
Hasta ahora, todo bien.
2:15 PM.
Veinte minutos en la demo, todo está funcionando. Sebastián ha mostrado el flujo de onboarding, el dashboard de cuenta, el historial de transacciones. Los inversionistas asienten, ocasionalmente haciendo preguntas que Isabella responde con facilidad practicada.
Entonces Victor habla.
“¿Pueden mostrarnos una transacción en vivo? No una simulación — un pago real entre dos cuentas.”
La sonrisa de Sebastián no vacila. “Por supuesto. Tenemos un ambiente de prueba que replica producción exactamente.”
Navega a la pantalla de pagos. El cursor parpadea en el campo de monto.
En la sala trasera, Diego se inclina hacia adelante. Esta es la parte que falló dos veces durante los ensayos.
Sebastián ingresa 250,000 pesos — seguro bajo el umbral que dispara el bug de detección de fraude. Selecciona una cuenta destinataria. Hace clic en “Procesar Pago”.
El spinner de carga aparece.
Tres segundos. Normal.
Cinco segundos. Sebastián sigue hablando, llenando el silencio.
Ocho segundos. Los ojos de Victor se estrechan.
“A veces hay una breve demora al conectar con nuestros socios de pago”, dice Isabella suavemente. “Verificación de seguridad en múltiples niveles.”
Diez segundos.
En la sala trasera, Diego ya está tipeando, el pánico creciendo en su pecho. La transacción está atascada en una cola — la misma cola que pensaron que habían arreglado a las 3 AM.
¡Mierda, mierda, mierda!
“Camila”, susurra, la voz tensa. “El webhook no está respondiendo. ¡Carajo!”
“Lo veo.” Sus dedos vuelan sobre el teclado. “Reiniciando el servicio.”
En la pantalla principal, el spinner desaparece. Una marca de verificación verde aparece: Transacción Exitosa.
Sebastián exhala invisiblemente. “Y ahí lo tienen. 250,000 pesos transferidos instantáneamente, con encriptación completa y cumplimiento regulatorio.”
“Impresionante”, dice Patricia. Está escribiendo algo en su cuaderno.
Don Hernando se permite una sonrisa microscópica. La parte difícil terminó.
Excepto que no.
2:32 PM.
Victor ha estado callado desde la demo de transacción, pero ahora levanta la mano como un estudiante con una pregunta difícil.
“La funcionalidad de pago multi-party”, dice. “La que se menciona en su pitch deck. La capacidad de dividir una transacción entre múltiples destinatarios en tiempo real. ¿Podemos ver eso?”
El rostro de Sebastián queda cuidadosamente en blanco. La función multi-party era la slide favorita de Alejo — impresionante en PowerPoint, inexistente en código.
“Eso está en nuestra Fase 2 de desarrollo”, dice Isabella rápidamente. “Nos hemos enfocado en perfeccionar primero el motor central de transacciones.”
“El pitch deck lo mencionaba como una capacidad actual.”
“El deck era… optimista en algunas áreas. Hemos refinado nuestro cronograma basándonos en realidades técnicas.”
Victor asiente lentamente. No parece satisfecho.
Eduardo se aclara la garganta. “Quizás podríamos ver el sistema de detección de fraude. Mariana mencionó que era bastante sofisticado.”
Esto, al menos, existe — aunque “sofisticado” es generoso. Sebastián navega al dashboard de monitoreo.
“Nuestra detección de fraude impulsada por IA analiza patrones de transacciones en tiempo real—”
“¿Impulsada por IA?” interrumpe Victor. “¿Cuál es el modelo subyacente? ¿Random forest? ¿Red neuronal? ¿Algo propietario?”
En la sala trasera, Diego y Camila intercambian miradas horrorizadas. La “IA” es, por supuesto, los contratistas venezolanos y su proceso de revisión manual.
“Es un enfoque híbrido”, dice Sebastián con cuidado. “Machine learning combinado con verificación humana para casos límite.”
“¿Podemos ver las métricas de rendimiento del modelo? ¿Tasas de falsos positivos, precisión de detección, latencia?”
Sebastián mira a Isabella. Isabella mira a Don Hernando. La mandíbula de Don Hernando está firme como piedra.
“Podemos proporcionar esas en un documento de seguimiento”, dice Isabella. “El dashboard en tiempo real se enfoca en métricas operacionales más que en internos del modelo.”
Victor escribe algo en su cuaderno. Su expresión es indescifrable.
2:47 PM.
Casi terminan. Sebastián ha mostrado las funcionalidades restantes, desviando las preguntas más difíciles con promesas de documentación y llamadas de seguimiento. Los inversionistas parecen… no convencidos, exactamente, pero tampoco se están yendo.
Eduardo revisa su reloj. “Un último ítem. ¿Podríamos ver el reporte de conciliación? El resumen diario de todas las transacciones, como aparecería para un socio bancario?”
“Por supuesto.” Sebastián navega al módulo de reportes. “Aquí es donde el trabajo de Pipe realmente brilla — ha estado en banca por quince años y diseñó este sistema para coincidir exactamente con lo que las instituciones tradicionales esperan.”
Hace clic en “Generar Reporte”.
La pantalla se congela.
No el spinner de carga — un congelamiento completo. El cursor no se mueve. El timestamp en la esquina deja de actualizarse. Toda la interfaz está bloqueada.
“Dificultad técnica”, dice Isabella, su voz admirablemente firme. “Sebastián, ¿quizás intenta refrescar?”
Sebastián hace clic. Nada pasa. Hace clic de nuevo. La pantalla permanece congelada.
En la sala trasera, Diego está revisando logs del servidor, su rostro pálido. “El pool de conexiones de base de datos está agotado. Cada thread está bloqueado esperando una respuesta que nunca llegará.”
“¿Puedes reiniciarlo?” pregunta Camila.
“Reiniciar significa perder la sesión de demo. Tendrían que empezar de nuevo.”
“Hazlo.”
“Toma cuatro minutos reiniciar.”
Pipe aparece detrás de ellos. “Muévete.” Empuja a Diego a un lado y comienza a tipear comandos que parecen pertenecer a un museo. “El pool de conexiones está colgado en una consulta legacy — algo en el módulo de reportes que no debería estar corriendo durante una demo.”
“¿Puedes matarla?”
“Puedo intentarlo.”
En la sala de conferencias, el silencio se ha vuelto insoportable. Don Hernando se pone de pie lentamente.
“Mis disculpas”, dice. “Parece que estamos experimentando—”
La pantalla parpadea. Se pone negra. Luego muestra un mensaje de error en letras blancas:
ERROR FATAL: Timeout de conexión a base de datos. Por favor contacte al administrador del sistema.
La sangre se le drenó del rostro a Sebastián. El corazón le latía en los oídos. ¡No! ¡Maldita sea, no!
Patricia cierra su cuaderno. El rostro de Eduardo está cuidadosamente en blanco. Victor ya está de pie.
“Creo que hemos visto suficiente”, dice Eduardo en voz baja.
3:15 PM.
Los inversionistas se han retirado a una conversación privada con Mariana en la oficina de Don Hernando. La puerta está cerrada. Laura monta guardia afuera, su rostro sin revelar nada.
En el área de desarrollo, el equipo está sentado en silencio atónito. Camila mira su pantalla, donde los logs de error se desplazan infinitamente. Diego tiene la cabeza entre las manos. Pipe está murmurando un flujo constante de groserías — ¡hijo de puta!, ¡mierda!, ¡cabrón!, ¡malparido! — su voz mezclando insultos con lo que podrían ser comandos COBOL.
Sebastián está parado junto a la ventana, mirando la tarde bogotana. Su reflejo es el de un hombre que ha perdido algo importante. El estómago se le había hundido hasta el piso.
Stefan se le acerca.
“Esto no fue tu culpa”, dice Stefan.
“Soy el CTO. Todo lo técnico es mi culpa.”
“El sistema falló porque fue construido sobre deuda — deuda técnica, deuda organizacional, deuda de honestidad. Heredaste esa deuda. No la creaste.”
Sebastián se voltea. Sus ojos están rojos pero secos. “Pude haberte escuchado. Mostrarles lo que realmente funciona. Ser honesto sobre dónde estamos realmente.”
“Sí.”
“¿Por qué no lo hice?”
“Porque Don Hernando te dijo que no lo hicieras. Y todavía necesitas su aprobación.” La voz de Stefan es gentil. “Eso no es una crítica. Es una observación. Sigues siendo el cofundador que cedió su empresa porque no quería pelear.”
“Y ahora la perdí de todas formas.”
La puerta de la oficina se abre. Don Hernando emerge, seguido por los inversionistas. Su rostro es imposible de leer.
Mariana se acerca al equipo de desarrollo. Su expresión es… no enojada, exactamente. Algo más cercano a resignación.
“Los socios regresan a São Paulo esta noche”, dice. “Van a necesitar tiempo para discutir lo que vieron.”
“¿Y?” pregunta Sebastián.
“Y nada está decidido. Pero no les voy a mentir — no salió bien.” Hace una pausa. “Argumenté por ustedes. Les recordé los cambios de liderazgo, la limpieza, el potencial. Pero Victor fue claro: vio una plataforma que no funciona y un equipo que no lo sabe.”
Las palabras caen como golpes.
“Lo sabemos”, dice Diego en voz baja. “Siempre lo hemos sabido. Solo que no se nos permitía decirlo.”
Mariana lo mira — realmente lo mira, viendo al desarrollador que regresó por primera vez.
“Entonces quizás”, dice, “es hora de empezar a decirlo.”
Jueves, 11 PM.
La oficina está vacía excepto por Stefan y Don Hernando. Están sentados en la oficina del viejo, una botella de aguardiente entre ellos que ninguno ha tocado.
“Tenías razón”, dice Don Hernando finalmente. “Debí haber escuchado.”
Stefan no dice nada.
“Toda mi vida, he creído que muestras fortaleza proyectando éxito. En el rancho, nunca dejas que los trabajadores te vean dudar. En los negocios, nunca dejas que los inversionistas te vean luchar.” La voz del viejo está cansada, quebrada por el peso de años de orgullo. “Esa filosofía construyó mi fortuna. Y hoy puede haber destruido el legado de mi hijo.”
La garganta se le cerró. Por primera vez en décadas, Don Hernando sintió lágrimas amenazando con caer.
“Jorge les habría dicho la verdad”, dice Stefan.
Don Hernando levanta la mirada bruscamente. “¿Cómo sabe eso?”
“Porque usted me lo dijo. El hijo que discutía con usted. Que lo cuestionaba. Que quería construir empresas de tecnología mientras usted insistía en el ganado.” Stefan encuentra los ojos del viejo. “Él no habría demostrado funcionalidades que no existen. Les habría mostrado lo que realmente estaba construyendo y los habría hecho creer en la visión.”
“Y yo lo habría llamado ingenuo.”
“Y habría estado equivocado.”
El silencio se extiende. Afuera, la ciudad zumba con un millón de vidas inconscientes del pequeño drama en esta oficina.
“¿Qué pasa ahora?” pregunta Don Hernando.
“Mañana, convoca una reunión de equipo. Asume la responsabilidad por el fracaso de la demo — no el fracaso técnico, sino la decisión de mostrar más de lo que existía. Reconoce que el viejo enfoque no está funcionando.” Stefan hace una pausa. “Y luego pregúntales qué harían diferente.”
“¿Quiere que pida consejo a desarrolladores?”
“Quiero que escuche a las personas que realmente construyen cosas. Como nunca escuchó a Jorge.”
El nombre queda suspendido en el aire entre ellos.
Don Hernando alcanza el aguardiente. Sirve dos vasos. Desliza uno hacia Stefan.
“Por mi hijo”, dice. “Que tenía razón en todo, y nunca me escuchó decirlo.”
Beben en silencio.
En algún lugar de Bogotá. Medianoche.
Alejo ve el video en su teléfono por tercera vez. El colapso de la demo. La pantalla congelada. Los rostros de los inversionistas cuando se dieron cuenta de lo que estaban viendo.
Una sonrisa lenta se extendió por su rostro. Pendejos. Se lo merecen.
Su contacto dentro de FinPulso — alguien que ha cultivado por meses — envió el metraje hace veinte minutos. No es oficial. No está completo. Pero es suficiente.
Escribe un mensaje a Marco:
Alejo: La demo falló espectacularmente. Los inversionistas se fueron. El viejo está vulnerable. Marco: ¿Y el cronograma de MiPago? Alejo: Acelerándose. Ahora estarán desesperados. Una oferta de rescate parecerá salvación. Marco: ¿Y tú? Alejo: Paciencia. Déjalos quemarse un poco más. Luego regresaré con la solución a cada problema que ayudé a crear. Marco: Elegante. Alejo: Siempre lo es.
Deja el teléfono y se sirve un whiskey. La primera batalla se perdió. Pero la guerra está lejos de terminar.
Y en las cenizas de la humillación pública de FinPulso, Alejandro Vega ve exactamente la oportunidad que ha estado esperando.