Las cuarenta y siete preguntas de Passau se convierten en una ocupación diaria. Stefan encuentra una laguna que el equipo de navegación no puede investigar sin la aprobación de Marcus, mientras radio sigue llevando pequeños cambios al hardware real. Júlia elige una relación con Stefan y deja una pregunta sin hacer. Klaus y Thaís descubren con qué facilidad una cena puede convertirse en algo más. Natalia hace visible su relación con Dandara y luego lleva sus partes útiles a Marcus. El viernes, Bernardo tiene un informe en verde y los equipos de integración no tienen nada nuevo que cargar.
Para el martes, Rodrigo había aprendido a odiar la palabra proporcionar. Estaba al comienzo de la pregunta 14 con la seguridad insípida de alguien que nunca había perdido el último autobús a casa. Proporcionar un análisis. Proporcionar una referencia. Proporcionar una confirmación. Todavía tenía la camiseta húmeda entre los omóplatos por el viaje a la oficina; el aire acondicionado había enfriado el sudor sin secarlo, y cada vez que se inclinaba hacia la pantalla, la tela le tiraba de la piel.
Seleccionó la palabra. El cursor la volvió azul. Quería borrarla, cerrar la laptop y bajar antes de que alguien pudiera pedirle otra cosa. El deseo lo asustaba más que la pregunta. Dos semanas antes se había quedado hasta tarde porque quería ver funcionar una corrección. Ahora contaba los minutos que faltaban para dejar de fingir que trabajaba.
Stefan dejó un espresso junto al teclado y acercó una silla.
—Muéstrame dónde estás atascado.
Rodrigo giró la pantalla, pero dejó la mano en el borde, como si todavía pudiera impedir que Stefan leyera. Su respuesta afirmaba que la batería automatizada de pruebas de aceptación verificaba la ausencia de mensajes de temperatura bajo todas las condiciones de funcionamiento pertinentes. La frase parecía terminada. Había pasado cuarenta minutos haciéndola parecer terminada, sustituyendo verbos vacilantes por otros más firmes, y ese logro le había dado un alivio pequeño y miserable. Nadie podía decir que la respuesta estaba vacía.
—Tengo un párrafo —dijo—. No me lo creo.
La confesión le raspó la garganta al salir. Los ojos de Stefan recorrieron la frase sin que cambiara su expresión, y Rodrigo lo odió brevemente por ser capaz de mantener la calma. Quería que alguien le dijera que era suficiente. No Marcus, cuya aprobación no significaría nada. Stefan. El hombre que se había sentado a su lado cuando el valor del sensor por fin llegó a la pantalla, que sabía que no era flojo ni estúpido.
—Abre la prueba —dijo Stefan, y Rodrigo lo hizo. Detuvieron las tramas de temperatura; después de quinientos milisegundos, la pantalla marcó la lectura anterior como desactualizada y mostró Sensor no disponible. La prueba pasó sin fallos. Rodrigo señaló la configuración con una uña mordida hasta la carne—. Dieter preguntó por tráfico simultáneo de climatización y navegación. Esto no hace eso. Escribí «todas las condiciones de funcionamiento pertinentes» porque la plantilla pedía cobertura, y después me quedé aquí mirándolo.
—Quita esas palabras. —Stefan lo dijo con suavidad, pero la suavidad hizo arder la cara de Rodrigo. Se frotó un ojo con la base de la mano, ganando un segundo para no mirar ni la prueba ni al hombre a su lado. Detrás del monitor estaba el café de ayer, con una película en la superficie. Ahora podía olerlo, agrio debajo del espresso recién hecho.
Borrar las palabras tomó menos de un segundo. Sin ellas, la respuesta parecía pequeña y asustada. Rodrigo sabía que el miedo en la pantalla era suyo, no una propiedad de la frase; saberlo no le aflojó nada en el estómago.
Abrieron una captura de la prueba de la semana anterior en el estacionamiento. Las tramas de temperatura llegaban a intervalos regulares hasta que aumentaba el tráfico de navegación; más adelante se abría una laguna entre las marcas de tiempo que llegaban al proceso de visualización. Rodrigo se inclinó a pesar de sí mismo. Durante unos segundos regresó la concentración de antes, limpia y hambrienta, y se olvidó del documento.
—Podría ser el manejador compartido. Dandara dice que descarta tramas. Podría ser nuestra cola después de él. No tenemos ambos lados de esa ejecución. —La voz se le afirmó al hablar de lo que realmente sabía. Podía imaginar el banco de pruebas, los dos puntos de captura, el escenario de tráfico que necesitaban. Una tarde con Dandara. Tal vez encontrarían la falla, tal vez no, pero al anochecer por lo menos habría cambiado la pregunta.
—Entonces di eso —le indicó Stefan—. Esta prueba no responde a esta pregunta. La captura nos da un lugar donde buscar.
Los dedos de Rodrigo se curvaron contra el escritorio.
—¿Quieres que le mande a Alemania una mejor descripción de lo que no sabemos?
—Quiero que mantengas visible la laguna hasta que podamos investigarla.
—Podemos investigarla. —Abrió la solicitud del banco de pruebas con más fuerza de la que necesitaba el mouse. Aprobación de QuantumMind pendiente. Bajo Requisito previo, Natalia había enlazado su respuesta incompleta a la pregunta 14—. Lo pedí ayer. Mira lo que quiere primero.
Stefan lo leyó dos veces. Rodrigo observó la leve tensión junto a su boca y sintió una satisfacción vergonzosa: por fin, que le doliera a otro. La solicitud exigía la respuesta antes del experimento que produciría la respuesta. En el tablero de tareas era una dependencia, una flecha prolija entre casillas. En el escritorio de Rodrigo era el lugar donde su jornada iba a morir.
—Ahora entiendes el flujo de trabajo —dijo. La risa que siguió le sonó fea en sus propios oídos. Odiaba sonar amargado a los veintiocho años. Su madre les contaba a los parientes que dirigía un equipo; podía imaginarla diciendo el cargo con ese ascenso de orgullo en la voz. No sabía cuánto de dirigir consistía ahora en recibir humillaciones en inglés y repartirlas entre seis personas.
Adriana llegó con una carpeta contra las costillas. Tenía los rizos aplastados donde se los había apartado de la cara, y olía levemente al café que había derramado sobre una cubierta en el piso de abajo. Climatización tenía la misma restricción, les dijo: navegación debía establecer primero el procedimiento común de integración. Marcus lo había añadido en la reunión de aclaraciones de ayer mientras Stefan respondía a Passau.
De la carpeta sobresalían tres pestañas adhesivas. Tres equipos. Su nombre aparecía como revisora técnica en todas las portadas. La dejó con más fuerza de la que pretendía, y la taza saltó sobre el platillo.
—Yo no acepté esto —dijo—. Le dije que no podía revisar cada puta respuesta. Dijo que necesitan a alguien en quien puedan confiar.
Mientras hablaba, presionó las pestañas hasta alinearlas. Luego se descubrió haciéndolo y se detuvo. Ese movimiento diminuto casi la desarmó. Doce años encontrando el cable que faltaba, la estimación equivocada, a la persona que lloraba en una escalera, y todavía estaba ordenando los papeles de los que otro la había hecho responsable. Había estado orgullosa de ser quien podía mantener unido todo un piso. Seguía estándolo, incluso ahora, y eso hacía que el resentimiento pareciera algo vergonzoso que debía esconder.
Stefan quiso ofrecerse a tomar la carpeta. Podía oír la promesa antes de hacerla: Yo me encargo de Alemania. Yo cargo con esta parte. Lo había dicho el lunes. Rodrigo le había creído. Adriana lo había mirado como si supiera exactamente cuánto pesaba una promesa así cuando el visitante regresaba a su casa. Dejó las manos donde estaban.
La respuesta de Dieter había llegado esa mañana: enviar el mapa de cobertura, identificar las investigaciones necesarias y después organizar una llamada. Stefan la leyó en voz alta sin el comienzo cortés. Había algo aprovechable, algo que podía hacer; se aferró a eso con más fuerza de la que quería que cualquiera de los dos viera.
—Le enviaré por separado la cobertura que falta —dijo—. Le pediré que distinga esta configuración de prueba de un candidato a producción.
—Mándale esa distinción a Marcus también. —La voz de Adriana era plana ahora. Stefan le dijo que Marcus ya la tenía, y ella lo miró hasta que el silencio se hizo insoportable. No le estaba pidiendo que explicara la regla. Le preguntaba si entendía a las personas capaces de hacer que una regla no importara.
Rodrigo volvió a la celda vacía. Tenía las yemas lo bastante húmedas para dejar marcas en las teclas. Cobertura no establecida para tráfico simultáneo. Se requiere investigación controlada. Lo escribió sin pulirlo, y la respuesta siguió en ámbar.
Adriana apoyó brevemente una mano en el respaldo de su silla. Era una pequeña amabilidad, cálida y corriente, y Rodrigo tuvo que tragar antes de darle las gracias. Podía soportar la pregunta. Incluso podía soportar no saber. Lo que ya no soportaba era que lo hicieran sentir que admitir cualquiera de las dos cosas significaba haberles fallado a las personas que dependían de él.
El jueves, la mujer de las uñas pintadas pausó un pódcast a los cuatro minutos y diecisiete segundos, cambió a FM y volvió. La música de apertura empezó de nuevo. Dejó caer la cabeza hasta casi tocar la unidad con la frente.
—Filho da puta. Ya habíamos arreglado el cambio de fuente.
El desarrollador de la cabeza rapada acercó su silla a la de ella; una rueda se enganchó en un cable. La molestia se le disolvió en interés cuando ella repitió la secuencia: mientras el pódcast sonaba, cambiar de fuente y volver conservaba la posición; pausarlo primero la perdía. Mantenía cuatro dedos apoyados en la unidad y marcaba cada paso con el pulgar. Se le había juntado sudor bajo la banda de los audífonos, y se los quitó del cuello antes de repetirlo por tercera vez.
Stefan había cruzado el piso buscando un cable. Se quedó detrás de las sillas, agradecido por una falla que nadie necesitaba permiso para nombrar. El desarrollador creó una prueba para comprobar que la posición en pausa sobreviviera a un cambio de fuente; falló, y la mujer soltó un pequeño «Ahí», satisfecho y feroz. Habían encontrado dónde el código del cambio de fuente borraba un estado que debía conservar.
La corrección era pequeña. Ejecutaron la batería de pruebas, cotejaron el manifiesto del paquete con la compilación de destino y conectaron la unidad de banco. Ella inició la carga del software, mirando la barra de progreso mientras el desarrollador sacaba de debajo del cable la envoltura del sándwich de ayer. Tamborileó con las uñas sobre el escritorio, paró y volvió a empezar. Él se inclinó cuando la barra llegó al noventa por ciento. Ambos habían olvidado que Stefan estaba allí.
Cuando la unidad reinició, ella repitió la secuencia una vez más. Cuatro minutos y diecisiete segundos. La voz regresó a mitad de una frase. Contuvo el aliento un instante más, esperando que la traicionara, y luego sonrió tan de golpe que el desarrollador de la cabeza rapada se echó a reír.
—Limpio —dijo, y chocó su puño con el de él. La alegría era infantil y completamente merecida. Stefan la sintió en su propio cuerpo, ese impulso breve debajo de las costillas; después miró al otro lado del piso y sintió cómo se le agriaba. Había hecho promesas a la gente de allá. Aquí todavía podían cumplir las suyas.
Rodrigo estaba detrás de él, sosteniendo el cable que había pedido prestado antes del almuerzo. Había pensado devolverlo y marcharse, pero no podía apartarse de la pequeña pantalla. La sonrisa de la mujer dolía más que otra pregunta de Passau. Se alegraba por ella. Esa era la parte humillante: podía estar contento y sentir envidia a la vez, querer unirse a la risa y querer destrozar la impresora que lo esperaba junto a su escritorio.
—Eso es lo que extraño —dijo. Ella se volvió, todavía sonriendo, y le preguntó si hablaba de los pódcast. Él intentó devolverle la sonrisa. Le falló a mitad de camino—. Saber si hice algo mejor.
Sin decir nada, ella apartó la silla y deslizó la unidad hacia él. Rodrigo dejó el cable y pulsó pausa. Cambió de fuente. Volvió. La voz continuó, indiferente a él, y por un instante su mano recordó lo sencillo que había sido trabajar antes de que cada resultado necesitara una defensa.
Le ardieron los ojos. Se inclinó hacia la pantalla para que nadie lo viera; allí no había nada por lo que llorar, ninguna catástrofe, solo un reproductor de audio que funcionaba bien. Eso lo empeoraba. Antes había hecho esto todo el día sin reconocerlo como algo que podía perder.
Stefan esperó a su lado.
—No responde a la pregunta del CAN —dijo en voz baja, negándose a convertir el pequeño éxito en una mentira.
—Lo sé. —Rodrigo levantó la cabeza, parpadeando demasiado fuerte—. Responde a esta. Antes nos dejaban hacer eso.
La mujer retiró la mano de la unidad. La alegría no había desaparecido, pero ya no sabía dónde ponerla. Al otro lado del piso, la impresora empezó a echar páginas en la bandeja, y Rodrigo recogió su cable otra vez, murmuró unas gracias demasiado bajas para llegar lejos y regresó antes de que alguien pudiera preguntar dónde estaba.
El jueves, Klaus encontró el recibo doblado dentro de su libreta. Un diminuto control de volumen, dibujado con los trazos rápidos y seguros de Thaís, estaba sobre las palabras NO ES LINEAL. Pasó el pulgar por la tinta. En el escritorio de al lado alguien pedía una previsión de costos revisada, pero durante un instante oyó al mesero del sábado, el roce de una silla, la risa de ella saliendo por la ventana del restaurante.
Ella había rechazado el restaurante del hotel antes de que él terminara de proponerlo.
—Klaus, dije comida. Ven. —Le había tomado la mano y lo había arrastrado más allá de la entrada reluciente, y él la había seguido con la felicidad ridícula de un hombre al que llevaban a un sitio que no había investigado. En el pequeño restaurante ella conocía al mesero; discutieron con cariño sobre lo que quedaba en la cocina. Klaus no entendió nada. Cuando ella se volvió para traducir, él le estaba mirando la cara en vez del menú.
—¿Qué? —preguntó, de pronto consciente de su atención.
—Nada. Me gusta escucharte. —Sintió que se le calentaba la cara por haberlo dicho tan claramente, y luego decidió no retirarlo.
La respuesta le gustó más de lo que quería mostrar. Bebió un trago para ganar un momento. Toda la semana la habían interrumpido, le habían pedido que hiciera más bonita una interfaz, habían repetido sus conclusiones como si las hubieran descubierto ellos. Aquí había un hombre que no entendía una palabra y aun así sabía que valía la pena escucharla. Quería confiar en ese placer. También quería dejar de examinarlo el tiempo suficiente para comer.
Él dejó la libreta junto al plato. Ella la miró y después lo miró a él.
—¿Te facturo la cena? —La cara de Klaus se puso roja; pasó la libreta a la silla libre tan rápido que ella lamentó el filo de la broma. Le tocó la muñeca—. Te estoy molestando. Come antes de que se enfríe.
Él sonrió, pero la vergüenza siguió allí. Sin la libreta no sabía qué hacer con las manos. Los números le daban un lugar donde pararse: había un error o no lo había, una fuente que comprobar, un total que debía cuadrar. Desear a alguien no ofrecía nada de esa protección. Tenía cuarenta y dos años y todavía podía hacerse sentir de catorce preguntándose si una mujer le había tocado la muñeca por amabilidad.
Thaís le preguntó qué escuchaba en casa. La respuesta incluyó una lista de música brasileña de una sala de espera de aeropuerto. Ella lo miró fijamente y luego se rio tan fuerte que el mesero volteó.
—Dame ese teléfono. Meu Deus, tenemos trabajo por hacer. —Le preparó una lista mientras él protestaba que la sala era muy cómoda, y esta vez la hizo reír a propósito. El éxito le aflojó algo debajo de las costillas.
Afuera, una moto siseó por la calle mojada. El aire cálido llevó el olor de la cocina al salón; una gota de sudor resbaló detrás de la oreja de Thaís. Él le pasó una servilleta sin interrumpir lo que decía. Ella la aceptó, terminó su argumento sobre un cantante y solo entonces notó lo fácil que había sido aquel pequeño movimiento. Ninguna exhibición de cuidarla. Ningún discurso. Estaba empezando a imaginar más noches así, y la idea la dejó callada.
Él confundió el silencio con aburrimiento y empezó a hablar de Stuttgart. Comprar verduras para uno. Calcular la porción con tanta precisión que no sobrara nada, y después comer sobre el fregadero porque poner la mesa parecía absurdo. Lamentó la confesión antes de terminarla. Había hecho que la soledad sonara lastimosa. Ahora ella tendría que ser amable.
—¿Entonces todos los martes comes lo mismo?
—No todos los martes.
—Un martes sí y otro no. —Se inclinó hacia él, encantada con su expresión ofendida—. ¿Y te paras en el mismo sitio?
Él se rio, y la risa dolió un poco. Ella había oído la soledad y le había dado una manera de seguir siendo un hombre al que podía desear, en vez de un problema que debía consolar. Durante unos instantes no pudo mirarla sin sonreír.
Cuando ella le contó de un supervisor que había llamado bonito su trabajo sin leer las observaciones que lo sustentaban, Klaus estuvo a punto de alegar la intención inofensiva del elogio. Él mismo había usado esa excusa. Algo en la forma cansada en que ella movía el arroz por el plato lo detuvo.
—No lo leyó —dijo ella—. Tres días mirando a la gente usar esa cosa. Podría haber dibujado flores alrededor de los botones y habría recibido la misma respuesta.
Klaus dejó el tenedor.
—Yo he leído un número y he ignorado lo que alguien tuvo que hacer para producirlo. Más veces de las que me gusta admitir.
Ella lo estudió. Él quería que le dijera que al menos él era distinto; podía sentir cómo se le formaba la petición en la cara. En cambio, ella dijo:
—Entonces la próxima vez léelo. —La franqueza escoció. Después de un momento él asintió, y el pie de ella rozó el suyo bajo la mesa. No había retirado la calidez. Eso casi lo desarmó.
Después de cenar, él propuso tomar café en otro lugar. Thaís preguntó si su hotel tenía vista. La mano de Klaus se precipitó hacia la chaqueta; la libreta cayó de la silla con un golpe sordo, y se agachó a recogerla mientras el calor le subía a las mejillas. Ella apretó los labios, intentando no reírse. Él levantó la vista y la descubrió fallando.
—Por favor, no presentes una solicitud —dijo ella, quitándole la libreta mientras se ponía la chaqueta. Su propio pulso se había acelerado. Había preguntado porque quería otra hora con él, porque quería saber cómo se sentiría su boca, porque irse al salir del restaurante de pronto parecía demasiado pronto. Habría preferido que eso pareciera fácil. La torpeza de él dejaba espacio para la suya.
En el ascensor, sus reflejos estaban uno al lado del otro, incómodamente quietos. Thaís se volvió hacia él y le tocó la manga. La mirada de Klaus cayó a su boca y volvió a huir.
—Klaus. Mírame. —Cuando lo hizo, ella sonrió, pero sus dedos se cerraron sobre el algodón. También estaba nerviosa; quería que él viera al menos eso.
—Me gustaría besarte —dijo él.
—Entonces bésame. —Tiró de su manga, cansada de esperar, sonriendo a pesar del aleteo nervioso bajo las costillas.
Ella se alzó hacia él antes de que pudiera encontrar otra frase cuidadosa. El aliento de Klaus se cortó junto a su mejilla; su mano se apoyó en la espalda de ella, cálida e insegura, y Thaís lo acercó. El primer beso fue casi tímido. Ella lo interrumpió para mirarlo, vio el asombro que él no había podido esconder y volvió a besarlo. En algún lugar sobre ellos sonó el ascensor. Klaus había olvidado mirar los números.
En su piso, ella no le soltó la mano.
—Café —dijo, todavía algo agitada—. Después me voy a casa. —Quería esa hora y quería despertar en su propia cama sin tener que explicar ninguno de los dos deseos. Klaus asintió con demasiada solemnidad, y ella le apretó los dedos—. Puedes dejar de poner esa cara de terror. Quiero estar aquí.
El jueves, el teléfono se iluminó junto al recibo.
¿Escuchaste la tercera canción?
Dos veces. Solo en el hotel, donde había puesto una taza al otro lado de la mesa antes de darse cuenta de lo que hacía. Casi escribió eso. El pulgar quedó suspendido, luego sonrió ante su propia cobardía y envió: Dos veces. ¿Cenamos de nuevo? Tú eliges.
Thaís lo leyó en su escritorio. El calor le subió a la cara antes de poder evitarlo. Volteó el teléfono, esperó a que el colega de al lado mirara hacia otra parte y volvió a voltearlo.
Júlia eligió un bar con sillas de plástico, servilletas de papel grasientas y un mesero que gritaba su nombre desde la mitad de la acera. La lluvia del viernes había dejado la calle brillante. Para cuando llegó Stefan, el calor había vuelto; ella sentía el sudor debajo de la cadena del cuello.
Él se acercó con la oficina todavía en los hombros. Ella había pasado la tarde furiosa con las mismas personas que lo habían agotado, pero verlo le contrajo el estómago de placer. Porra. Incluso ahora. Quería una noche despreocupada y ya quería poner las manos sobre el hombre que podía arruinarla hablando del trabajo.
Él le besó la mejilla y empezó a sacar la silla de enfrente. Ella le agarró la muñeca.
—Aquí, Stefan. A mi lado. —Su rodilla rozó la de ella al sentarse. Júlia la dejó ahí y lo vio por fin soltar el aire.
Un amigo en la mesa de al lado la llamó en portugués. Júlia respondió, riéndose de su imitación espantosa del percusionista que había llegado tarde al ensayo y después había tocado como si todos los demás llevaran mal el ritmo. Stefan sonrió sin pedirle que explicara cada palabra. Eso le gustó de él. Le contó la historia de todos modos porque quería compartirla, y cuando él empezó con «Eso suena como…», le puso un dedo sobre la boca.
—No lo conviertas en Marcus. No vas a traer a ese hombre a mi mesa.
La risa de Stefan la sorprendió. Era más plena que el ruido cortés que hacía en las reuniones. Quiso oírla otra vez. Pidió comida, robó una aceituna de su plato y sintió que él la miraba; la atención le calentó el hombro desnudo con la misma certeza que una mano.
Entonces vibró el teléfono de él.
Leyó el mensaje, y ella lo vio irse. El cuerpo seguía a su lado, pero los ojos que habían estado en su boca ya buscaban algo que ella no podía ver. Conocía esa cara del banco de pruebas. En el trabajo confiaba en ella. Allí quería darle un manotazo al teléfono.
—¿Se está muriendo alguien? —El tono lo hizo levantar la vista.
—No. Rodrigo está preguntando por…
—¿Entonces por qué estoy sentada aquí sola?
Él miró sus rodillas, que todavía se tocaban, y entendió demasiado tarde. Ella retiró la suya. Enojarse era más fácil que decir lo rápido que le había dolido aquella ausencia, lo estúpida que se sentía por dejar que una pantalla la hiriera. Bebió un trago largo y sintió el vaso frío contra el labio inferior.
—Perdón. —Él dejó el teléfono boca abajo, pero los dedos se quedaron en el borde. Ella los miró hasta que retiró la mano.
—Te invité porque te quería a ti. No porque todo el puto piso necesite un lugar donde venir a llorar. —La voz era baja ahora. En la mesa de al lado su amigo soltó otra broma; la risa hizo que su propio silencio se sintiera expuesto—. A mí también me gusta esa gente. Trabajo con ellos todo el día. Necesito que al final me quede algo.
El primer impulso de Stefan fue explicar a Rodrigo, la captura, la pregunta sin respuesta. La necesidad que los demás tenían de él lo había impulsado desde la mañana; no sabía detenerse sin sentir que alguien iba a caer. Entonces vio que la mandíbula de Júlia se tensaba. Había llegado junto a una mujer que lo deseaba y había empezado a pedirle espacio para todos los demás.
—Puedo dejarlo hasta mañana —dijo.
—Entonces déjalo.
Lo hizo. El esfuerzo siguió siendo visible. Júlia quería estar más enojada con él, pero podía ver al hombre luchando detrás del hábito, y buscó su mano. Él la giró bajo la de ella, con el alivio apareciendo demasiado rápido en la cara. Júlia sintió ternura e irritación al mismo tiempo. Ese era el problema: podía tener razón y aun así querer besarlo.
—En el trabajo puedes destrozar mi código cuando esté mal —dijo—. No empieces a tratarlo bien por esto.
—Tu código no necesita esa clase de amabilidad.
—Bien. Yo tampoco. —La boca se le suavizó a pesar de sí misma. Deslizó el plato entre ambos, y comieron un rato. Él movió su vaso para dejar espacio al codo de ella; Júlia le advirtió que la comida estaba caliente justo cuando él se quemó la lengua. La maldición sorprendida la hizo reír. Con el pulgar le quitó salsa de la comisura y dejó la mano contra su cara un momento más de lo necesario.
Él le sujetó la muñeca con suavidad.
—Tengo cuarenta y siete años, Júlia. Tengo una hija en Berlín. Hay toda una vida…
—Sé cuántos años tienes. —La dureza regresó antes de que pudiera decidir si la quería—. Tengo veintiséis, no doce. No necesitas pararte aquí a anunciarle el peligro a la pobre brasileñita.
Él se encogió. Ella odió haberlo hecho encogerse y odió más la pequeña parte de sí que se alegraba. Quería que la tomara en serio. También quería que dejara de poner el final de la noche sobre la mesa antes de que hubieran terminado la comida.
—No te veo así.
—Entonces habla conmigo. No me pongas una etiqueta de advertencia.
Durante un momento él miró sus manos. Sophie llamaría el domingo, y él contestaría, como siempre. Pensar en su hija le dio firmeza y lo avergonzó por lo mucho que quería que desapareciera el resto de Berlín. Podía contarle hechos a Júlia. Todavía no podía decirle lo que había esperado que su risa hiciera por él.
—No sé qué pasará después de este contrato —dijo—. Puedo decirte la verdad tal como la conozco. Puedo dejar de fingir que sé más.
Ella asintió. Era una respuesta decente. Quería que una respuesta decente bastara.
—No te pedí un para siempre.
Lo decía en serio. Quería su mano en la cintura, otra noche, la facilidad de buscar a alguien que también la buscaba. No quería un matrimonio ni un pasaje para salir de Brasil. Pero debajo de esos deseos había empezado a crecer otro, pequeño y humillantemente concreto: saber si habría un próximo viernes y cuántos viernes quedaban.
¿Cuándo te regresas?
La pregunta estaba ahí mismo. Podía haberla dicho en cualquiera de los dos idiomas. Se le cerró la garganta como si estuviera a punto de pedir dinero. Había estado tan satisfecha consigo misma por querer esto sin exigir nada; ya podía oír su propia voz convirtiéndose en la mujer que juraba no ser. Contando. Esperando. Necesitando que la tranquilizaran.
Stefan le acarició la parte interior de la muñeca. Ella miró su mano y dejó la pregunta sin hacer. Él estaba aliviado de que no le hubiera pedido más. Lo veía. Durante un instante ardiente le reprochó que se beneficiara de un trato que ella acababa de hacer sola.
Entonces le agarró la camiseta y lo atrajo hacia sí.
El beso fue lo bastante intenso para sorprenderlos a ambos. Los dedos de él se abrieron contra su cintura; ella se inclinó hacia él, con los ojos cerrados, y el ruido de la calle volvió de golpe cuando se separaron. Había querido besarlo. Eso también era verdad. No iba a volver falso cada placer porque algo doliera debajo.
Al otro lado de la calle un amigo levantó la mano. Júlia lo saludó sin apartarse de Stefan. Él se rio contra su mejilla, y ella lo retuvo allí otra respiración, disfrutando del calor, la comida, la noche que había elegido.
Cuando él le preguntó por qué sonreía, dijo:
—Por ti.
La palabra costaba menos que la pregunta. Se dijo que eso significaba que seguía teniendo el control.
El jueves siguiente, Natalia llegó lo bastante temprano para elegir las sillas. Quería a Dandara a su lado, donde escuchar una frase obligara a acercarse. La lámpara le iluminaría la cara; el espejo detrás de las botellas le daría a Marcus sin necesidad de girar la cabeza. Comprobó el reflejo, acomodó la blusa crema en el hombro y dejó un brazo sobre el respaldo de la silla vacía.
Cuando Dandara apareció en la puerta, Natalia vio cómo el cansancio abandonaba su cara. Ahí. Ese primer placer sin defensas. Había querido exactamente eso y sintió una satisfacción pequeña y aguda al producirlo.
Dandara se detuvo apenas adentro, de pronto consciente de su camiseta húmeda y del rizo terco que se había apartado de la frente toda la tarde. Natalia parecía intacta, como si el día nunca la hubiera tocado. Por un segundo Dandara quiso refugiarse en el baño y arreglarse. Entonces Natalia levantó la mano, sonriéndole con una bienvenida tan inequívoca que la tontería se disipó. Cruzó el salón y le besó la mejilla.
—Te ves cansada.
—Tuvimos una reunión para preparar otra reunión. —Dandara se dejó caer en la silla. Su rodilla tocó la de Natalia debajo de la mesa; no la retiró—. Alguien escribió una tarea para aclarar quién es responsable de otra tarea. No me estoy inventando esta mierda.
Natalia se rio, con la cabeza inclinada hacia ella, y Dandara sintió que el día aflojaba su agarre. En el trabajo tenía que tener razón antes de que le permitieran enojarse. Allí podía decir que algo era absurdo y le creían. No había sabido cuánta hambre tenía de eso hasta oírse hablar.
Natalia le tocó el antebrazo.
—¿Y ese problema que encontraste? ¿Stefan por fin lo revisó contigo?
La pregunta sonaba a recuerdo. A Dandara le gustó que lo recordara. Natalia había mantenido el interés en los diagramas la vez anterior, haciendo preguntas en lugar de mirar por encima de ella buscando a alguien más importante. Podría haber pasado la noche hablando de sí misma; había preguntado por el trabajo de Dandara.
—No a fondo. Está cargando con medio piso. Rodrigo tiene una de las capturas. —Dandara dibujó una forma con la yema del dedo sobre la mesa mojada—. Hay una laguna más adelante. Creemos que el manejador compartido podría estar perdiendo datos con tráfico combinado, pero creer no es saber. Necesitamos la entrada y la salida de la misma ejecución.
Natalia siguió el movimiento. Ahora estaba interesada de una manera que Dandara habría reconocido si hubiera visto adónde llevaba: Marcus quería saber si Stefan tenía una falla demostrable que pudiera poner delante de los alemanes, o una sospecha que él pudiera mantener dentro de una revisión. Necesitaba medir con precisión la distancia entre esas dos cosas.
—¿Entonces Rodrigo puede mostrar la laguna, pero no dónde ocurre?
—Exacto. —La cara de Dandara se iluminó. Que la entendieran era casi indecentemente gratificante después de un día de repetirse—. Dame el banco y alguien de navegación durante una tarde. Podemos capturar ambos lados con el mismo tráfico. Una tarde, Natalia. En vez de eso estoy explicando por qué necesitamos averiguar lo que no sabemos.
Había levantado la voz. Se detuvo, con la respiración todavía adelantándosele, y miró hacia la barra. Había sacado el teléfono sin darse cuenta. Un movimiento y el diagrama estaría ahí; podría enseñarlo, hacer real aquella tarde para alguien, por fin terminar una frase.
Natalia esperó con la mano todavía sobre el brazo de Dandara.
Una pequeña inquietud atravesó a Dandara. Había venido porque deseaba a esa mujer. Ya estaba buscando refugio en el trabajo, aquello con lo que sabía impresionar. ¿Iba a pasar cada noche demostrando que era inteligente? ¿Temía que sin la laptop, los dibujos y la certeza no hubiera nada por lo que Natalia quisiera quedarse?
Dejó el teléfono boca abajo.
—No más arquitectura esta noche. Ya tuve suficiente.
Natalia se permitió una pausa breve. Lo bastante larga para que Dandara viera una reacción, no tanto como para que dudara de ella.
—Bien. Salí para escucharte a ti, no tu presentación.
El alivio fue físico. Los hombros de Dandara bajaron; se recostó y después volvió a inclinarse hacia Natalia por voluntad propia. Había pedido algo y lo había obtenido. Sin enfurruñarse, sin tratar de convencerla, sin insinuar que había arruinado la noche. Miró la mano de Natalia en su brazo y la cubrió con la suya.
Hablaron del trayecto desde Cidade Tiradentes al primer empleo de Dandara: los autobuses, el calor, llegar con el olor de la calle en la ropa mientras los demás bromeaban sobre lo difícil que era estacionarse. En aquel entonces se había reído con ellos. Había parecido más fácil que describir las horas que ya llevaba despierta. Ahora podía contar la historia y estar furiosa y ser graciosa en el mismo aliento.
Natalia escuchaba, recordando sobre qué partes preguntar. Era buena en esto. Cuando Dandara imitó a su primito negociando el acceso a la laptop —«Estoy aprendiendo, Danda, tú dijiste que aprender era importante»—, Natalia se rio porque la imitación era divertida. Ese placer no la perturbó. Podía disfrutar a una persona sin olvidar lo que había venido a quitarle.
Dandara se reía tanto que se agarró del hombro de Natalia. Natalia se volvió hacia el contacto y guio la mano de Dandara a su cintura. El movimiento fue deliberado, visible desde la puerta. Vio la risa vacilar, vio la mirada de Dandara bajar a sus manos y regresar a su cara, oscura e intensa.
—Haces eso y se me olvida lo que estaba diciendo —murmuró Dandara.
—Entonces acércate.
Dandara lo hizo. Había pasado tanto del día conteniéndose: su impaciencia, el volumen de la voz, la convicción que todos admiraban hasta que la usaba contra una mala decisión. Allí quería ser evidente. Quería que la mujer a su lado supiera cuánto la deseaba.
Natalia recibió el beso sin prisa. Los dedos de Dandara se apretaron en su cintura; la mesa presionó la cadera de Dandara, un vaso vibró, y ella se apartó riendo, sin aliento, para moverlo antes de que cayera.
—Quédate un poco más —murmuró Natalia, colocando un rastro de necesidad en la voz—. Todavía no quiero volver sola. —Dandara le tocó la cara, de pronto tierna. Dos colegas acababan de entrar desde la calle. Uno la llamó por su nombre. Ella levantó la mano, sonriendo, y volvió de inmediato a Natalia.
Sin vergüenza. Sin disculpas. La felicidad la volvía casi temeraria.
Natalia encontró a Marcus en el espejo, por encima del hombro de Dandara. Él alzó el vaso apenas. El pulso se le aceleró con un placer que no tenía nada que ver con la mujer que la abrazaba. Dejó que Dandara la acercara de nuevo, disfrutando de que el beso fuera visible para todos, de la habilidad con que había hecho parecer inevitable la próxima invitación.
Dandara apoyó brevemente la frente contra la de Natalia. Por una vez no tenía que decir nada inteligente. La idea le hizo arder los ojos, absurdamente. Se rio para disimularlo y le tocó la mejilla.
Más tarde, caminando hacia los taxis, mantuvo sus dedos entrelazados.
—La próxima vez, en algún lugar sin gente del trabajo. Te quiero para mí sola.
Natalia le apretó la mano.
—Tú eliges.
Dandara empezó a sugerir lugares. Natalia escuchaba, pensando ya en cuál les daría tiempo a solas. Detrás de ellas, el reflejo de Marcus desapareció cuando la puerta se cerró.
En recepción, Natalia todavía sonreía cuando el empleado preguntó si la extensión de la estancia debía cargarse otra vez a la tarjeta del señor Delacroix.
—Sí. —Firmó debajo de su nombre. La pluma se trabó en el papel, y apretó más de lo necesario. Toda la noche había decidido dónde se sentaban las personas, qué veían, qué recordarían. Allí una sola pregunta cortés devolvía el dinero a las manos de él.
Metió la funda de la tarjeta de la habitación en el bolso y subió.
Marcus esperaba junto a la mesa de vidrio. Se había quitado la chaqueta, pero seguía con el teléfono en la mano. Ella quería que lo dejara antes de empezar. Quería la mirada que había atrapado en el espejo, esta vez sin un objetivo entre ambos.
—Conseguiste que guardara el teléfono —dijo él.
—Ella lo eligió.
—Y tú la dejaste. —Su sonrisa la invitaba a disfrutar de la distinción con él.
Natalia dejó despacio la funda sobre la mesa.
—Primero me dijo lo que necesitábamos. Hay una laguna en la captura. No han observado ambos lados del manejador en la misma ejecución. Rodrigo lo sabe; Stefan no ha revisado todo el diagnóstico con ella.
El pulgar de Marcus dejó de moverse sobre la pantalla.
Había estado pensando en Stefan frente al público equivocado, con una captura limpia, una explicación breve, algo que no necesitara a QuantumMind para interpretarlo. Una falla registrada en hardware real sería más difícil de enterrar en una revisión. Ahora sentía que el peligro volvía a encogerse hasta ser una pregunta. Las preguntas necesitaban fechas, responsables, respuestas. Con esas sabía qué hacer.
—¿Y el acceso?
—Diagramas. Sus explicaciones. Dos personas de su piso nos vieron juntas esta noche. —Natalia rodeó la mesa y se colocó donde él tendría que levantar la vista hacia ella—. Los canales internos vienen después. Cuando ella me invite.
—¿Cuándo?
—No exprimiéndola para sacarle todo en cuanto empieza a confiar en mí. —La impaciencia se escapó antes de poder pulirla. Vio que él la notaba y levantó la barbilla—. ¿Quieres acceso, Marcus, o quieres que la espante porque no pudiste esperar?
Él dejó que el silencio se alargara. Ella odió lo rápido que empezó a calcular si había ido demasiado lejos. Tenía razón. Sabía que tenía razón. Aun así, su mano había encontrado el borde de la mesa, y se obligó a soltarlo.
Entonces él sonrió.
—Lo sé. Por eso te envié.
Las palabras la alcanzaron antes de que la sospecha pudiera detenerlas. Se le calentó el pecho; se acercó, dándole la sonrisa que había querido darle al entrar. Le gustaba que la eligieran para algo difícil. Le gustaba que él supiera que el beso había sido una actuación y la admirara por hacerlo parecer lo único honesto del salón.
—No fingieron que no habían visto —dijo ella—. Dandara estaba feliz de que vieran. No se apartó.
Él extendió la mano. Natalia puso la suya en ella. Su pulgar presionó los nudillos, y el placer familiar le recorrió el brazo. Con Dandara había vigilado cada movimiento por lo que produciría. Allí quería, por un momento, dejar de elegir el siguiente.
Marcus la atrajo.
—Buena chica.
Ella cerró los ojos un instante, disfrutando de las palabras porque las quería, porque él sabía decirlas. La lluvia golpeó la ventana a su espalda. Todavía sentía los dedos de Dandara en la cintura y se satisfacía con el resultado de la noche sin sentirse obligada a confundirlo con amor.
Entonces vibró el teléfono. La mano de Marcus aflojó la suya.
—Bernardo quiere el paquete de avance para mañana —dijo él, leyendo—. Revisarás las respuestas de integración. Los tres equipos.
Natalia miró la coronilla inclinada. La decepción fue infantil e inmediata; el enojo vino después. Había regresado con exactamente lo que él quería. Ahora su recompensa era otro día encorvada sobre documentos, juzgándolos para disgusto de quienes sí tenían conocimientos técnicos.
—Adriana puede hacer la revisión técnica —continuó—. Tú apruebas la estructura.
—Necesito tiempo con Dandara mañana.
—Después del paquete.
Ella retiró la mano. Él levantó la vista.
—Tenía una noche organizada. —Podía oírse defendiéndola como necesaria para el trabajo porque ese era el argumento que él escucharía. Era necesaria. Eso no era todo lo que quería de ella. Quería elegir el lugar y llegar sin mirar el reloj, ser deseada durante horas sin que la mandaran llamar a la mitad. No amaba a Dandara. Disfrutaba el poder de ser deseada, y esa noche había querido guardar algo del placer para sí misma.
—Ese no es el orden que yo seguiría —dijo.
Marcus dejó el teléfono boca arriba sobre la mesa.
—Bernardo necesita algo que pueda mostrar mañana. Él paga el acceso que estás construyendo. Dale el informe y después aprovecha la noche.
La calma le dio ganas de arrojarle la funda de la llave. Podía decir aprovecha la noche como si el tiempo fuera un cajón que le había asignado, como si las citas que ella organizaba solo fueran suyas después de satisfacer las de él. Marcus la observaba, esperando. La habitación zumbaba alrededor, aire frío contra la piel que había estado caliente en el bar.
Por un segundo imaginó decir que no. No una objeción persuasiva. No. Que encontrara a otra persona capaz de acercarse tanto a Dandara y traerle lo que necesitaba.
La idea le gustó hasta que la siguió un paso más allá. La extensión de la habitación, el auto, la próxima reserva: no podía simplemente reorganizarlos porque hubiera decidido reorganizar el viernes. Tendría que pedirlo. La comprensión ardía más que la exigencia. Había pasado la noche convencida de que nadie podía hacer lo que ella hacía, y allí estaba, considerando cuánto de su vida necesitaba la tarjeta de él.
Marcus ya estaba impaciente, aunque solo el movimiento del pulgar lo delataba. La quería incisiva con el objetivo y flexible con él. Si empezaba a tratar cada preferencia como una negociación, el trabajo se volvería caro de maneras que los contratos de Bernardo no cubrían.
Natalia tomó la libreta.
—Lo haré breve.
Se refería a la revisión. Ya estaba acortando la noche de mañana en su cabeza, encontrando una historia que contarle a Dandara sobre el retraso. Una buena historia. Haría que funcionara. Siempre lo hacía funcionar, y se aferró a esa certeza familiar antes de que el otro pensamiento pudiera asentarse.
Marcus se levantó y le tomó la mano otra vez. Ella lo dejó, todavía enojada. Él le tocó la barbilla, devolviendo su mirada a la suya.
—Así me gusta, mi chica.
Se le apretó la garganta con el placer que le respondía. Odió que llegara tan fácilmente después de haber estado enojada; luego le molestó tener que odiar cualquier placer que hubiera elegido. Se inclinó hacia él y dejó la libreta.
Por encima de su hombro podía ver la funda de la llave. Su firma estaba debajo de la de él. Apartó la mirada antes de que la imagen arruinara lo que quería sentir.
Para el viernes siguiente, Rodrigo podía recordar cada versión de la pregunta 14 con más claridad que la última compilación de navegación que había cargado.
La primera respuesta afirmaba que verificaban todas las condiciones pertinentes. La segunda admitía que no. La tercera nombraba la investigación que necesitaban. La cuarta la había trasladado a un anexo para satisfacer el formato de Natalia. Estaba junto a la puerta de la sala de reuniones, sosteniendo una laptop llena de cosas que nadie le había permitido averiguar. No había suficientes sillas. De algún modo eso le daba más vergüenza que el trabajo inconcluso.
La pantalla de Marcus estaba en verde.
—Todas las preguntas de revisión tienen ahora responsables definidos. Estructura de respuestas completa. Planificación de integración alineada entre equipos. —Hizo una pausa donde la diapositiva se la pedía—. Hemos establecido un flujo repetible de aseguramiento.
Bernardo se recostó; el cuero crujió debajo de él. Las celdas verdes le aliviaron la presión detrás de los ojos. Podía mostrarlas en una llamada, hablar de avances sin invitar a nadie a seguir un pago a través de sus comprobantes. Klaus tenía una manera de pedir la fuente que hacía que una solicitud perfectamente corriente se sintiera como dedos cerrándose alrededor de su garganta. La planificación le daba a Bernardo otra semana para responder con un plan.
—Bien —dijo—. Esa es la visibilidad que necesitábamos.
Stefan miró fijamente el encabezado. Avance. Al otro lado de la mesa, Adriana había dejado de mover la pluma. Conocía esa quietud: estaba reteniendo dentro de sí la primera respuesta hasta poder confiar en el tono. Estaba cansado de verla hacer eso.
—¿Qué significa el verde?
Marcus se volvió con una sorpresa leve.
—El entregable de planificación está completo.
—La evidencia no.
—Nadie dijo que la evidencia estuviera completa. —Marcus le dio la sonrisa paciente que usaba con quien planteaba un punto que la sala ya debería haber superado. Las orejas de Stefan se calentaron. Quería borrarle la sonrisa de la cara con una frase tan exacta que nadie pudiera escabullirse de ella. El deseo era casi infantil. Marcus lo vio y lo dejó allí, sintiéndolo.
Bernardo miró hacia la puerta.
—Rodrigo. ¿Seguimos esperando a Alemania?
Rodrigo acomodó la laptop contra el pecho. Decir que sí permitiría que la reunión continuara. También convertiría los últimos nueve días de trabajo en culpa de alguien más, a una distancia segura. Tenía la boca seca. Veía a Adriana mirándolo, sin apremiarlo, solo esperando.
—En parte. En la pregunta 14 estamos esperando permiso para hacer la investigación.
Natalia sacó una hoja de la carpeta. Llevaba leyendo respuestas desde la mañana; el pliegue entre sus cejas era real, y también el resentimiento que mantenía fuera de la voz.
—La respuesta necesita primero la revisión técnica completa.
—Ya tuvo mi revisión —dijo Adriana—. La marqué como incompleta porque falta la evidencia.
—Entonces no está lista.
Adriana miró la carpeta. Sus notas estaban dentro. Su nombre estaba en la portada. Había algo obsceno en ver que usaban su trabajo para impedirle trabajar.
—No va a quedar lista metida en tu puta carpeta.
El silencio llegó rápido. Rodrigo dejó de cambiar el peso de una pierna a otra. Los dedos de Natalia alisaron la hoja. Stefan vio el pulso en el cuello de Adriana y quiso poner una mano sobre la suya; ella lo habría odiado por intentar calmarla ahora.
Bernardo levantó la palma.
—¿Qué necesitan específicamente? —Había oído el enojo, pero convertirlo en una petición que él pudiera considerar restauraba su lugar a la cabecera de la mesa. Adriana se recostó sin disculparse. El corazón le golpeaba tan fuerte que lo sentía en los dientes.
Stefan dejó una sola hoja frente a él. Una, porque sus últimas ocho páginas se habían convertido en cuarenta y siete preguntas.
—Una investigación controlada en el hardware de banco que ya tenemos. El equipo de navegación junto con la especialista de protocolo. Capturar ambos lados del manejador compartido bajo el mismo tráfico. Entonces podremos establecer si la pérdida ocurre ahí o después en nuestro software.
Bernardo no tocó la hoja.
—¿Alemania autoriza esto?
—Dieter nos pidió identificar la evidencia que falta. Su restricción se refiere a la aprobación de fabricación y a cargar software en candidatos a producción. Esto no es ninguna de las dos cosas.
Marcus se acercó a la mesa.
—El trabajo de integración sigue el flujo de aprobación. No podemos hacer excepciones cada vez que alguien prefiera otro método.
Stefan apretó el borde de la silla.
—Estoy tratando de responder a su pregunta.
—Y el aseguramiento exige actividades controladas.
—Acabo de describir el control. —Había levantado la voz. Sintió que la sala registraba el volumen en lugar de las palabras, sintió que se convertía en el consultor difícil mientras Marcus lo miraba casi con lástima—. Lee la página, Bernardo. Por favor.
La súplica se escapó antes de que pudiera quitarla. La odió. Bernardo miró la hoja y después a Marcus, que ya estaba explicando cómo cambiar el flujo antes de su primera revisión completa socavaría lo que habían establecido.
Marcus sintió que la reunión se estrechaba hacia la decisión que necesitaba. Stefan quería una tarde porque creía que una tarde podía producir una respuesta. Si Bernardo lo permitía y funcionaba, la próxima solicitud llegaría sin QuantumMind en medio. Marcus mantuvo la voz baja y las manos abiertas. No tenía intención de dejar que un buen experimento le enseñara a la sala que podía prescindir de él.
Al otro lado del vidrio pasó un desarrollador con una unidad de radio y un cable. Rodrigo siguió el movimiento hasta que desapareció. Aquella facilidad era insoportable.
—Terminen bien la documentación —dijo Bernardo—. Después aprobamos el trabajo de pruebas. No quiero otra queja de Passau.
—No podemos terminar bien la respuesta sin hacer el trabajo. —Stefan se oyó repitiendo las mismas palabras, y algo en el pecho empezó a hundírsele. Había imaginado que una evidencia mejor, una redacción mejor, una página menos terminarían llegando a la parte de ese hombre que quería que el auto funcionara. Bernardo lo miraba como si la explicación se hubiera vuelto una molestia.
—Entonces expliquen la dependencia en el plan.
Rodrigo hizo un ruido, mitad risa, mitad aliento. Natalia lo miró. Él bajó la vista antes de que pudiera preguntar qué significaba.
Adriana dejó la pluma sobre la mesa. Le temblaba la mano. Aplastó los dedos, furiosa por la traición de su propio cuerpo. Doce años, tres reestructuraciones, todas esas caras asustadas mirándola mientras prometía encontrar una salida. Si conseguía mantener firme la voz, la gente creía que todavía había una salida. Había aprendido a fabricar esa firmeza con lo que quedaba después de que todos los demás tomaran su parte.
—Mi revisión seguirá diciendo que falta evidencia.
La mandíbula de Natalia se tensó.
—Eso puede retrasar el paquete.
—Entonces se retrasa.
Bernardo se inclinó hacia delante.
—Adriana, todos tenemos que ser constructivos. Todos saben cuánto depende este equipo de ti.
El elogio golpeó exactamente donde debía. Su primer impulso fue tomar la pluma. Encontrar una frase que todos pudieran firmar, sacar a Rodrigo de la sala, ahorrarles otra ronda a los demás. Podía terminar después de que Beatriz se durmiera. Había hecho cosas peores. Era fuerte; había hecho que los demás lo creyeran durante tanto tiempo que rechazar el peso se sentía como confesar un fraude.
Pensó en su hija haciendo una pregunta y esperando mientras Adriana terminaba un correo. No era una catástrofe. Solo esperar. Otra vez. Algo caliente le subió detrás de los ojos.
—No hagas eso.
La expresión de Bernardo cambió.
—¿Qué cosa?
—Decirme cuánto me necesitan mientras me impides ayudarlos. —La voz se le quebró en ayudarlos. Se mordió por dentro la mejilla, sintió el sabor de la sangre y dejó que el quiebre permaneciera—. ¿Quieres mi nombre en esto? Pon mi respuesta al lado. Falta evidencia. Voy a firmar lo que revisé. No voy a firmar lo que tú quisieras que tuviéramos.
Por un momento Bernardo pudo ver la sala a través de los ojos de ella, y lo asustó. No porque de pronto hubiera entendido el banco, sino porque ella había dicho en voz alta lo que todos los demás habían estado acomodando. La necesitaba enojada en privado, leal en la sala.
—Cuida tu tono —dijo.
Adriana lo miró de frente. Quería gritar hasta que la gente de afuera oyera, hasta que él ya no pudiera fingir que el vidrio lo mantenía todo en orden. También quería su sueldo el mes siguiente, a su hija a salvo, que su equipo se librara del castigo por su rabia. El deseo tiraba en ambas direcciones. Dejó la mano sobre la mesa y no dijo nada más.
Marcus pasó a la siguiente diapositiva.
Su nombre seguía en la celda verde. Debajo, en letras más pequeñas: Confirmación técnica pendiente.
—Ahí —dijo Bernardo, con la calidez de quien ofrece una solución—. La distinción queda registrada.
Adriana miró fijamente la pantalla. La lágrima escapó antes de que pudiera detenerla; se la quitó con la base de la mano, con tanta fuerza que dolió. Nadie hizo un comentario. Natalia bajó la vista a la carpeta. Stefan no soportaba la discreción de la sala, la misericordia cortés que les permitiría recordar a una mujer difícil en vez de la respuesta que había dado.
Rodrigo se acomodó la laptop bajo el brazo. No la había abierto ni una sola vez.
Después de la reunión, Rodrigo llegó al escritorio de Stefan con el bolso colgando de una mano. Se quedó allí hasta que Stefan levantó la vista. La sala estaba más silenciosa; las voces de la tarde se iban apagando hacia los ascensores. En algún lugar una silla chirriaba una y otra vez mientras una persona cansada se balanceaba sin darse cuenta.
—¿Debería cambiar la respuesta?
Stefan se frotó la cara.
—¿Cambió algo?
—El formato.
—Entonces no cambies los hechos.
Rodrigo asintió, pero no se fue. Stefan conocía aquella espera. La había fomentado cuando había una prueba fallida que mirar, una captura que abrir, un siguiente paso que podía volver lo bastante pequeño para que alguien lo intentara. Ahora el joven esperaba que él fuera la persona que había anunciado ser.
—Estábamos poniendo algo en el hardware todas las semanas —dijo Rodrigo—. Me iba a casa con algo terminado. Aunque fuera pequeño. —Enroscó la correa del bolso alrededor de los dedos—. Ahora mi madre me pregunta cómo va el trabajo y le digo que estoy ocupado. Cree que estar ocupado es bueno.
Se le escapó una risa que se desplomó a medio camino. Miró hacia la ventana. La lluvia corría por el polvo del vidrio; se concentró en un hilo fino hasta que se volvió borroso.
—Les dice a los demás que dirijo un equipo. —Tragó saliva—. Si le explico lo que realmente hago todo el día, va a pensar que me quejo de un buen empleo. Y tengo suerte. Lo sé. Siempre hay alguien que mataría por este sueldo. —La voz se le volvió áspera—. Entonces, ¿qué mierda me pasa que odio venir aquí?
Stefan se levantó, pero Rodrigo negó con la cabeza antes de que pudiera acercarse. Quería consuelo y no soportaba que lo vieran necesitándolo. Había imaginado decir esto con claridad, como un hecho sobre un equipo bloqueado. Ahora estaba hablando de su madre con un hombre cuyo respeto deseaba.
—No te pasa nada malo —dijo Stefan.
Rodrigo se limpió la cara con la muñeca, furioso por la humedad.
—Qué bonito. ¿Eso nos consigue el banco?
Stefan no tenía respuesta. Sentía que el silencio les dolía a ambos, pero cada frase útil que alcanzaba era una versión más pequeña de la promesa que ya había incumplido.
—No mentiste en la respuesta —dijo por fin.
—No. —Rodrigo desenroscó la correa de los dedos; quedaron marcas rojas atravesándolos—. Pero eso no pone nada en el auto.
Se fue antes de que Stefan pudiera hacerlo sonar a consuelo.
Adriana esperaba cerca de su escritorio. Stefan la vio tocar el hombro de Rodrigo y después caminar a su lado hacia los ascensores. La carpeta seguía debajo de su brazo. Había llorado delante de Bernardo y todavía tenía que terminar las tres revisiones, todavía tenía que decidir qué decirles a quienes oirían que había perdido los estribos. Quería arrojar la carpeta al ascensor y dejar que las puertas la aplastaran.
Rodrigo preguntó en voz baja:
—¿Te van a causar problemas?
La pregunta casi rompió lo que ella había mantenido unido desde la reunión. Incluso ahora él tenía miedo por ella. Le apretó el hombro.
—Vete a casa. Ya veremos el lunes.
Él oiría la firmeza y creería que ella tenía algún plan. Lo dejó creerlo. Luego, cuando se abrió el ascensor, se odió un poco por necesitar seguir siendo la mujer que sabía.
Stefan volvió a sentarse. Casi dos semanas de trabajo. Tres equipos. Ninguna compilación nueva de integración en el hardware de prueba.
Júlia había enviado una foto: la lluvia formando pequeños ríos entre las mesas de la acera frente al bar. La mano de un amigo entraba por el borde del encuadre buscando un vaso. Stefan miró la imagen hasta casi oír la calle. La añoranza lo golpeó abajo en el estómago, tan aguda que lo hizo inclinarse. Quería la risa de Júlia, su contacto, la manera directa en que podía arrancarlo de una frase y devolverlo a su cuerpo.
También quería que desapareciera la oficina. No lograba separar del todo ambos deseos, y eso lo asustaba.
En Berlín había habido noches en que se quedaba con un problema mucho después de que pudiera haberse ido a casa. Recordaba el alivio de poder decir qué estaba mal en el código, y la cara de Emma cuando intentaba usar esa certeza en la mesa de la cena. Después de la enfermedad había regresado, había estado allí para Sophie, había contestado las llamadas. Se aferraba a esos hechos. Eran verdad. No borraban las otras noches.
Ahora buscaba a Júlia con la misma hambre que antes llevaba a un problema que podía resolverse. Ella no había prometido quitarle de encima el resto de su vida.
Escribió algo ligero, una broma sobre el clima. Lo borró.
Hoy fue un mal día. Me gustaría verte, si quieres compañía. Todavía no estoy para hablar mucho.
Lo envió y de inmediato deseó poder hacer más atractiva la verdad. El deseo lo avergonzó. Dejó el teléfono fuera de su alcance.
El correo de Dieter seguía abierto. Las preguntas eran reales: un valor de temperatura que podía estar desactualizado, la observación que faltaba a ambos lados del manejador, una reversión que no habían demostrado. Stefan las leyó despacio. Quería que alguien estuviera completamente equivocado para poder poner toda su fuerza en combatirlo. Dieter no le concedía ese alivio. Había cosas que no sabían, cosas que un conductor descubriría sin conocer esa sala ni a las personas atrapadas en ella.
Abrió un mensaje nuevo y adjuntó la única página que Bernardo había dejado sin tocar. Enumeró las investigaciones bloqueadas por el bucle de aprobación de QuantumMind. Trabajo controlado en banco. La captura de ambos lados que faltaba. La distinción entre ese trabajo y la aprobación de fabricación. Escribió directamente a Dieter, con el cuidado suficiente para que nada del mensaje pudiera confundirse con evidencia que ya poseían.
Entonces se detuvo.
Podía oírse el primer día, haciendo que los siguientes pasos sonaran posibles porque sabía cómo darlos. Le había gustado la manera en que lo miraban después. El alivio de los demás se había sentido como una prueba. Su libro, sus charlas, todas esas salas donde describía una salida: en algún lugar debajo del amor al trabajo había una necesidad de ser el hombre capaz de encontrarla.
Durante tres semanas habían avanzado. Ahora se aferraba a esas semanas, dándoles vueltas como a recibos. ¿Ven? Funcionó. No era una mentira.
La cara mojada de Rodrigo no lo dejaba.
Stefan golpeó el escritorio con la base de la mano. El café saltó en la taza, y las gotas frías salpicaron el escritorio.
—Mierda. —Lo dijo otra vez, más fuerte, y luego se tapó los ojos con ambas manos.
Las lágrimas llegaron mientras todavía estaba enojado. Intentó tragárselas y no pudo; el pecho le dio una sacudida, fuerte, y el sonido que escapó lo hizo alegrarse de que el piso estuviera casi vacío. Le dio vergüenza el alivio que contenía. La gente tenía miedo de perder su sustento, y él estaba sentado allí, herido porque habían dejado de mirarlo como si pudiera salvarlos.
Recordó la sonrisa de Rodrigo la primera vez que el valor del sensor llegó a la pantalla, a Adriana empujándole una silla cuando había espacio en el banco. Había sido feliz con ellos antes de que alguien llamara éxito al trabajo. Se aferró a ese recuerdo, respirando con dificultad. Quería que el software funcionara, quería que Rodrigo se fuera a casa orgulloso, quería que el nombre de Adriana significara su juicio real. Quería ser quien lo hiciera posible. Los deseos no se separaban por más ferozmente que lo intentara.
Se limpió la cara con la camiseta y volvió a mirar la celda ámbar. Habría otro plan que pudiera escribir, otra apelación, otra noche en que pudiera quedarse hasta que se hubiera ido el personal de limpieza. Debajo de ninguno de esos pensamientos quedaba la certeza de antes.
Puede que no sea capaz de salvar esto.
Dejó que las palabras permanecieran. Le daban náuseas.
El teléfono se iluminó.
Ven. Esta noche no tienes que ser útil.
Júlia. Leyó el mensaje dos veces, con la garganta apretándose otra vez. Quería entregarse tan completamente a aquella bondad que casi pasó por alto el peligro de convertirla en otro trabajo para ella. Había ofrecido esa noche. Él podía ir con ella esa noche.
Envió el correo a Dieter. En el segundo monitor la pregunta 14 seguía en ámbar; su cuidadosa descripción del bloqueo no había cambiado nada en el banco.
Cerró la laptop, tomó el café frío y lo llevó a la basura. Ante los ascensores se detuvo para limpiarse la cara una vez más. Después bajó a la ciudad cálida y mojada, deseando tanto a Júlia que ya no podía fingir que desear era sencillo.